Discurso leído ante la Academia francesa por M. de Buffón, el día de su recepción.
M
de Buffon - Traducción, notas y noticia biográfica: J. Vidal y Jumbert
Noticia biográfica
Buffon
nació el 7 de septiembre de 1707, en la pequeña población francesa Montbard, en
la Borgoña. Se llamaba Jorge Luis Leclerc. Como gracia especial, Luis XV le
hizo conde de Buffón; con este único nombre ha pasado a la posteridad.
Su
educación fue esmerada. Sintió en un principio predilección por las Matemáticas
y en particular por la Geometría. A los 32 años de edad se dedicó a las
Ciencias Naturales y, desde entonces, durante el resto de su vida fueron la
ocupación constante de todo su talento. En 1749 dio a la luz los tres primeros
volúmenes de su Historia Natural, de
aquella magna obra que había de constar de 36 volúmenes y no debía terminarse
hasta 50 años más tarde.
La
Academia francesa lo admitió como socio en 1753 y, en prueba de su admiración,
sin haberlo él solicitado. A su entrada en la misma leyó su famoso Discurso sobre el estilo.
Buffón
murió a los 81 años, lleno de honores y de gloria.
Su carácter
era vigoroso, con tendencia a lo noble, a lo elevado y magnífico. Era propenso
al orden; esta cualidad dominaba su vida, sus investigaciones, sus estudios,
sus libros, sus ocupaciones, por insignificantes que fueran. En su juventud fue
indolente, sin que nada indicara al futuro sabio y celebérrimo escritor. Era
vano, pero muy franco. Estaba dotado de una gran perseverancia y de una
paciencia a toda prueba. Trabajador incansable, cuando ya hombre, le entró la
pasión por el estudio, hizo verdaderos prodigios para aprovechar el tiempo. Como
naturalista no llegó a la altura de un Cuvier; pero si se estudia, ha dicho
Flourens, su labor científica, no puede uno menos de admirarse de su gran
esfuerzo intelectual.
A pesar, dice Blandlæil, de
sus errores en la historia natural y de sus debilidades en filosofía, su obra
vive y vivirá como él mismo nos enseña por lo que viven las obras literarias,
por el estilo.
Discurso leído ante la Academia francesa por M. de Buffón en el día de su recepción
Me honran
al admitirme en esta compañía[1];
pero el honor solo existe cuando uno es digno de merecerlo[2], y
no creo que algunos ensayos escritos sin arte, y sin otro adorno que el de la
naturaleza misma[3],
sean títulos suficientes para atreverse a tomar sitio entre los maestros del
arte, entre los hombres eminentes que aquí representan el esplendor literario de
Francia y cuyos nombres[4],
celebrados hoy por todas partes, adquirirán todavía más celebridad entre
nuestros descendientes.
Otros han sido, señores, los motivos que os han inducido a pensar en mi; habéis querido dar a la ilustre Academia[5] a la cual tengo el honor de pertenecer hace mucho tiempo, una nueva prueba de consideración. Aunque mi gratitud deba compartirla, no por eso dejará de ser o será menos intensa; pero ¿cómo comportarme para cumplir con el deber que aquella hoy me impone? No tengo, señores, para ofreceros sino lo que ya os pertenece: algunas ideas sobre el estilo que he sacado de vuestras obras.
Fueron concebidas al leerlos y admirados, y si algún efecto producen será por haber sido sometidas a vuestro criterio.[6]
Siempre
han existido hombres que con el influjo de la palabra han sabido dominar a los
demás[7].
Sin embargo, solo en los siglos que ha imperado la cultura se ha escrito bien y
se ha bien hablado. La verdadera elocuencia supone el ejercicio del genio y la
cultura de la inteligencia. Difiere con mucho de esa facilidad natural de
hablar, que no es sino una especie de talento, una calidad inherente a los que
tienen grandes pasiones, los órganos flexibles y pronta la imaginación. Esos
seres vivamente, de la misma manera se conmueven y lo exteriorizan con vigor; y, por medio de una impresión puramente mecánica, transmiten a los demás su
entusiasmo y sus afecciones. Es el cuerpo que habla al cuerpo; todos los
movimientos, todos los signos cooperan al mismo fin y sirven igualmente. ¿Qué
es necesario para conmover a la multitud y arrastrala? ¿Qué es necesario para
hacer temblar a la mayoría y persuadirla?
Un tono vehemente y patético, gestos expresivos y frecuentes, palabras rápidas y sonantes. Pero, para el corto número de los que poseen cabeza firma, gusto delicado y sentido exquisito, y que, como vosotros, señores, tienen en poco el tono, el gesto y el vano sentido de las palabras, son necesarias cosas, pensamientos, razones. Es indispensable saberlo presentar, matizar, ordenar: no basta herir el oído ni ocupar la vista; es necesario obrar sobre el alma, tocar el corazón hablando al espíritu[8].
Un tono vehemente y patético, gestos expresivos y frecuentes, palabras rápidas y sonantes. Pero, para el corto número de los que poseen cabeza firma, gusto delicado y sentido exquisito, y que, como vosotros, señores, tienen en poco el tono, el gesto y el vano sentido de las palabras, son necesarias cosas, pensamientos, razones. Es indispensable saberlo presentar, matizar, ordenar: no basta herir el oído ni ocupar la vista; es necesario obrar sobre el alma, tocar el corazón hablando al espíritu[8].
El estilo
es el orden y movimiento que uno pone a los pensamientos[9]. Si
estrechamente se les enlaza, si se les comprime, se hace el estilo firme,
nervioso y conciso; si lentamente se les deja sucederse y se les une solo por
medio de palabras, por más elegantes que estas sean, el estilo será difuso,
flojo y rastrero.
Pero, antes
de estudiar el orden[10]
en que deben los pensamientos ser expuestos, se ha de concebir otro más general
y más fijo, en el cual no deben entrar sino los primeros puntos de vista las
ideas principales. Una vez indicado el puesto que han de ocupar en este primer
plan, quedará circunscrito el sujeto y se conocerá su extensión. Recordando sin
cesar este primer diseño, quedarán indicados los intervalos justos que medien
entre las ideas principales, y surgirán las ideas accesorias y las menos
importantes, que servirán para llenar aquellos intervalos. Con la penetración
del genio, podrán considerarse todas las ideas generales y particulares desde su verdadero punto de vista; con mucha
perspicacia, serán reconocidos los pensamientos estériles de las ideas fecundas;
con la sagacidad que da la práctica de escribir, podrá antes preverse cuál será
el resultado de esas operaciones del espíritu.
Por poco vasto y complicado que
sea el asunto, es muy raro que pueda dominársele de una ojeada o comprenderle
por entero con un solo y primer esfuerzo de genio; y no es fácil, sin embargo,
que después de muchas reflexiones se le dominen todos los detalles. Debe uno
ocuparse constantemente del mismo; es el único medio de asentar sólidamente, de
extender y ennoblecer los pensamientos; cuanta más substancia y fuerza se les
dé para la meditación, más fácil será en seguida exteriorizarlos por medio de
la palabra.
Este plan
no es todavía el estilo, pero es su base; lo sostiene, lo dirige, ordena su
movimiento y lo somete a sus leyes. Sin esto el mejor escritor se extravía, su
pluma se desliza sin guía, y escribe a la ventura rasgos desiguales y formas
discordantes. Por brillantes que sean los colores que emplee, por belleza que
siembre en los detalles, como el todo será disforme o no impresionará lo
suficiente; la obra no resultará bien compuesta; y, aunque admirando el
espíritu del autor, podrá suponerse que le falta genio. He ahí por qué los que
escriben como hablan, aunque hablen muy bien, escriben mal; por qué los que se
abandonan al primer arranque de la imaginación, toman un tono que no pueden
sostener; por qué los que temiendo perder pensamientos aislados, fugaces, y que
escriben en tiempo diverso trozos aislados, jamás los reúnen sin transiciones
forzadas[11];
en una palabra, es por falta de plan que hay tantas obras que parecen hechas de
taracea, y tan pocas que parezcan fundidas de una sola vez.
Sin
embargo, todo sujeto es uno, y por vasto que sea, puede ser desarrollado en un
solo discurso. Las interrupciones han de usarse solo cuando se trata de sujetos
diferentes, o cuando, debiendo hablar de grandes cosas, intrincadas y
desemejantes, la marcha del genio se encuentra interrumpida por multitud de
obstáculos y constreñida por la necesidad de las circunstancias: de otra manera
el gran número de divisiones, lejos de hacer más sólida una obra destruye su
conjunto; el libro parece más claro a los ojos, pero la idea del autor queda
confusa, y no obrará profundamente en el ánimo del lector, y no hará tampoco
impresión, si el hilo del asunto está interrumpido, si no hay dependencia
armónica entre las ideas, un desarrollo sucesivo, una gradación sostenida, un
movimiento uniforme, que cualquier interrupción destruye o hace languidecer.
¿Por qué
las obras de la naturaleza son tan perfectas? Porque cada obra forma un todo y
trabaja bajo la dirección de un plano eterno, del cual no se aparta jamás. La
naturaleza prepara silenciosamente los gérmenes de sus producciones; de una
sola vez, bosqueja su materia primitiva de todo ser vivo; la desarrolla, la
perfecciona por un movimiento continuo y en un tiempo determinado. La obra
admira, pero es la marca divina, de la cual lleva las señales, la que debe
impresionarlos, Nada puede crear el espíritu humano; produce solo después de
haber sido fecundado por la experiencia y la meditación. Sus conocimientos son
el origen de sus producciones; pero, si imita a la naturaleza en su marcha y en
su trabajo; si se eleva por la contemplación a las verdades más sublimes, si
las reúne, si las encadena, si forma un todo, un sistema por la reflexión,
fundará, sobre bases inmovibles, monumentos inmortales.
Es por
falta de plan, por no haber meditado mucho sobre su sujeto, que un hombre de
talento está dudoso, y no sabe, para escribir, por dónde empezar. Percibe a la
vez gran número de ideas, y como no las ha comparado ni subordinado, nada le
hace decidir a que prefiera las unas a las otras; queda, pues, perplejo. Pero,
cuando haya concebido un plan; cuando de una vez haya agrupado y puesto en
orden todos los pensamientos esenciales a su sujeto, comprenderá fácilmente el
momento en que debe tomar la pluma; conocerá cuando esté madura la producción
del espíritu, y se sentirá espoleado para darla a luz, y todo su placer
consistirá en escribir. Así es como suceden sin trabajo las ideas, y el estilo
es natural y fácil; de este placer nace el calor, que se derrama por todas
partes, y se da vida a cada expresión. Todo se anima más y más; se eleva el
tono; se colorean los objetos, y el sentimiento uniéndose a la luz aumenta, la
lleva más lejos, la hace pasar de lo que se dice a lo que se quiere decir, y el
estilo llega a ser interesante y luminoso.
Nada es
más opuesto al calor que el deseo de poner por todas partes rasgos brillantes;
nada es más opuesto a la luz que debe despedir un cuerpo y ha de distribuirse
de una manera uniforme en un escrito, que esas chispas que solo se producen
violentamente al chocar las palabras, para deslumbrarnos por un momento y
dejarnos enseguida en las tinieblas. Son pensamientos que si brillan es solamente
por la antítesis; no se presenta sino uno de los lados, dejando las demás
partes en la sombra; y por lo regular ese lado que se ha escogido es solo una
punta, un ángulo sobre el cual se hace converger el ingenio con tanta más
facilidad cuanta se le aleja a tiempo de los grandes puntos de vista desde los
cuales el buen sentido acostumbra a considerar las cosas.
Nada es
aún más opuesto a la verdadera elocuencia que el empleo de pensamientos finos y
el esmero en busca de ideas ligeras, desligadas, sin consistencia y que, como
la hoja de metal forjado, no brillan sino perdiendo la solidez. De esta manera
cuanto más en un escrito se infiltre este espíritu sutil y brillante, menos
nervio tendrá; menos luz, calor y estilo; a menos que este mismo espíritu sea el
fondo del asunto, y que el escritor le haya movido únicamente el deseo de
bromearse; entonces, el arte de decir bagatelas es quizás más difícil que el de
decir cosas importantes.
Nada es
más opuesto a la belleza natural que el trabajo que uno se da para expresar
cosas vulgares de una manera singular o pomposa; nada degrada más al escritor.
En lugar de admirarle, se le compadece por haber gastado tanto tiempo en hacer
nuevas combinaciones de palabras para al fin y al cabo decir lo que todo el
mundo dice. Este defecto es propio de talentos cultivados, pero estériles; son
abundantes en vocablos, mas no en ideas; trabajan, pues, sobre palabras, e
imaginan que han combinado ideas, porque han alineado frases, y creen haber
depurado el lenguaje cuando lo han corrompido dando diferente sentido a las
dicciones. Estos escritores no poseen estilo o, mejor dicho, tienen solamente
sombra; el estilo debe grabar pensamientos, y lo único que hacer es trazar
palabras.
Para
escribir bien, es necesario estar completamente empapado del asunto que se
desee tratar. Se debe pensar mucho en el mismo para ver con claridad el orden
de los pensamientos, y formar una serie, una cadena continua, de la cual cada
eslabón representa una idea; y cuando se haya tomado la pluma, será necesario
conducirla sucesivamente sobre este primer bosquejo, sin separarse del mismo,
sin darle fundamentos demasiado desiguales, ni otro movimiento que el que
permita el espacio que debe recorrer. En esto consiste la severidad del estilo
y lo que hace la unidad y lo que reglamenta la rapidez, y esto solo basta
también para volverlo preciso y sencillo, igual y claro, vivo y seguido.
Si a esta primera regla dictada por el genio se le une delicadeza y gusto, escrúpulo en escoger expresiones, atención en nombrar cosas solamente con los nombres más generales, el estilo será noble. Si, además, se desconfía del primer impulso y se desprecia todo lo que no sea sino brillante, y se siente repugnancia constante por el equívoco y la chanza, el estilo tendrá gravedad y al mismo tiempo será majestuoso. En fin, si se escribe como se piensa, si está uno convencido de lo que quiere decir, esta buena fe en sí mismo, que es lo que constituye el decoro ante los demás y la verdad del estilo, hará producir todo el efecto, aunque esta persuasión interior no se marque por un entusiasmo demasiado intenso y que todo respire más candor que confianza, más razón que calor.
Si a esta primera regla dictada por el genio se le une delicadeza y gusto, escrúpulo en escoger expresiones, atención en nombrar cosas solamente con los nombres más generales, el estilo será noble. Si, además, se desconfía del primer impulso y se desprecia todo lo que no sea sino brillante, y se siente repugnancia constante por el equívoco y la chanza, el estilo tendrá gravedad y al mismo tiempo será majestuoso. En fin, si se escribe como se piensa, si está uno convencido de lo que quiere decir, esta buena fe en sí mismo, que es lo que constituye el decoro ante los demás y la verdad del estilo, hará producir todo el efecto, aunque esta persuasión interior no se marque por un entusiasmo demasiado intenso y que todo respire más candor que confianza, más razón que calor.
Por esto,
señores, me parecía, al leerlos, que me hablaban, que me instruían: mi alma que
con avidez recogía esos oráculos de la sabiduría quería remontarse para llegar
hasta vosotros. ¡Esfuerzos vanos! Las reglas, dicen todavía ustedes, no pueden
suplir al genio; si este no existe, serán inútiles. Escribir bien es a la vez
pensar bien, sentir bien y expresarlo bien. Es tener al mismo tiempo talento,
alma y gusto. El estilo supone la reunión y el ejercicio de todas las
facultades intelectuales. Solo las ideas forman el fondo del estilo; la armonía
de las palabras es lo accesorio y depende de la sensibilidad de los órganos;
basta con tener un poco de oído para evitar las disonancias y haberlo
ejercitado, perfeccionado por la lectura de los poetas y de los oradores, para que maquinalmente se vea uno conducido a
la imitación de la cadencia poética y de los giros oratorios. La imitación
jamás ha creado nada; la armonía de las palabras no hace ni el fondo ni el tono
del estilo, y se halla a menudo en los escritos vacíos de ideas.
El tono es
la adaptación del estilo a la naturaleza del sujeto; jamás debe ser forzado;
nace naturalmente del mismo fondo de la cosa, y depende mucho del punto de
generalidad al cual se hayan llevado los pensamientos. Si uno se ha elevado a
las ideas más generales y el objeto es grande en sí mismo, el tono parecerá
levantarse a la misma altura; y si sosteniéndolo a esta elevación contribuye al
genio lo suficiente para dar a cada objeto una intensa luz; si se puede añadir
la belleza del colorido a la energía del dibujo; si, en una palabra, se puede
representar cada idea por una imagen viva y bien determinada, y formar de cada
séquito de ideas un cuadro armonioso y movido, el tono no será solamente
elevado sino sublime.
En esto,
señores, la práctica es mejor que las teorías; los ejemplos enseñan más que los
preceptos; pero como no me es permitido citar los trozos sublimes que tan a
menudo me han transportado al leer vuestras obras, me veo forzado a acudir a
reflexiones. Las obras bien escritas son las únicas que pasarán a la
posteridad; la cantidad de conocimientos, la singularidad de los hechos, la
misma novedad de los descubrimientos no son suficientes para inmortalizarse. Si
las obras que los contienen versan sobre asuntos baladíes; si están escritas
sin gusto, sin nobleza y sin genio perecerán, porque los conocimientos, los
hechos y los descubrimientos se roban fácilmente, se transportan y ganan
también al ser puestos en obra por manos más hábiles.
Estas cosas están fuera del hombre, el estilo es del hombre. El estilo, pues, no puede ni elevarse, ni transportarse, ni alterarse: si es elevado, noble, sublime, el autor será igualmente admirado en todas las épocas; puesto que solo la verdad dura y al tiempo es eterna. Un bello estilo lo es, en efecto, por el número infinito de verdades que presenta. Todas las bellezas intelectuales que en el mismo se hallan, todas las conexiones de que está compuesto son otras tantas verdades asimismo útiles, y quizás más preciosas para el espíritu humano que las que pueden componer el fondo del sujeto.
Estas cosas están fuera del hombre, el estilo es del hombre. El estilo, pues, no puede ni elevarse, ni transportarse, ni alterarse: si es elevado, noble, sublime, el autor será igualmente admirado en todas las épocas; puesto que solo la verdad dura y al tiempo es eterna. Un bello estilo lo es, en efecto, por el número infinito de verdades que presenta. Todas las bellezas intelectuales que en el mismo se hallan, todas las conexiones de que está compuesto son otras tantas verdades asimismo útiles, y quizás más preciosas para el espíritu humano que las que pueden componer el fondo del sujeto.
Lo sublime
se halla en los grandes asuntos. La poesía, la historia y la filosofía todas
tienen el mismo objeto, como es el hombre y la naturaleza. La filosofía
describe y pinta la naturaleza; la poesía la pinta y la embellece; pinta
igualmente a los hombres, los engrandece, exagera, crea los dioses y los
héroes; la historia solo retrata al hombre, y lo retrata como es; así, el tono
del historiador no tocará a lo sublime sino al retratar a los hombres más
grandes, al exponer las más grandes acciones, los más grandes movimientos, las
más grandes revoluciones y, en todo otro lugar bastará que sea majestuoso y
grave.
El tono del filósofo podrá llegar a lo sublime, siempre que hable de las leyes de la naturaleza de los seres en general, del espacio, de la materia, del movimiento y del tiempo, del alma, del entendimiento, de los sentimientos, de las pasiones; en lo demás, le bastará que sea noble y elevado. Pero el tono del orador y del poeta, si el sujeto es grande, debe ser siempre sublime, porque son maestros en añadir a la grandeza del sujeto tanto color, tanto movimiento, tanta ilusión como a ellos les plazca; y debiendo siempre pintar y siempre aumentar los objetos, deben igualmente emplear por todas partes toda la fuerza y desplegar todo lo vasto de su genio.
El tono del filósofo podrá llegar a lo sublime, siempre que hable de las leyes de la naturaleza de los seres en general, del espacio, de la materia, del movimiento y del tiempo, del alma, del entendimiento, de los sentimientos, de las pasiones; en lo demás, le bastará que sea noble y elevado. Pero el tono del orador y del poeta, si el sujeto es grande, debe ser siempre sublime, porque son maestros en añadir a la grandeza del sujeto tanto color, tanto movimiento, tanta ilusión como a ellos les plazca; y debiendo siempre pintar y siempre aumentar los objetos, deben igualmente emplear por todas partes toda la fuerza y desplegar todo lo vasto de su genio.
M de Buffon - Traducción y notas: J. Vidal y Jumbert
Disponible en: https://bit.ly/3a2KmNa.
[1] Le enorgullece el hecho de
que la Academia francesa lo eligiera sin que él lo solicitara.
[2] Buffon no era modesto y era
consciente de su valor.
[3] Antes de leer este discurso,
Buffón ya había recibido grandes elogios por el estilo de los volúmenes ya
publicados de su Historia Natural.
[4] Crevillón, Duclos,
Maupertius, Voltaire, Hénault, abate Olivet, Grassetm Marleaux, Montesquieu.
[5] La Academia de las ciencias
lo eligió miembro en 1773.
[6] Aparte de Voltaire y
Montesquieu, Buffón sabía que no había quien le superase en materia de estilo.
[7] Invoca a Cicerón, que hace
esta afirmación en su Bruto.
[8] Buffón se refiere a la
elocuencia literaria; es decir, a la elocuencia escrita.
[9] Desarrolla la dimensión
“orden”; olvida desarrollar la dimensión “movimiento”. Roche: Orden y estilo
son partes del estilo pero no lo completan; Loise: el estilo es la fisonomía
del pensamiento; Urbain: el estilo es la manera particular como cada uno expresa
sus pensamientos y sus sentimientos mediante el lenguaje. Barón: subordinado a
la naturaleza del sujeto y, sobre todo, al temperamento, al corazón, al
espíritu, al gusto del escritor, todo forzosamente modificado por la influencia
del siglo y del país en que vive el escritor. Blair: No hay que confundir el
estilo con la lengua, que es la materia; ni con la sintaxis, que es la forma.
Ni con la dicción (naturaleza de las palabras elegidas, estructura y enlace
gramaticales). El estilo atiende al pensamiento, a la ocasión en que se
expresa, a las propiedades del escritor, al carácter de aquellos a quienes se
dirige. En una obra, la dicción puede ser esmerada y correcta y malo el estilo,
por impropio o por inexacto. Puede ser bueno el lenguaje y malo el estilo. Y se
puede tener muy buen estilo sin escribir muy bien. En el estilo hay algo más
que retórica y gramática; hay la marca del obrero (Labbé J. L.) el sello de
apropiación por medio del trabajo de algo que hasta ese instante fue siempre
indiviso. Bonghi: la vida que se toma el concepto en el que lo concibe.
[10] Fenellon: Cuando orden,
precisión, fuerza y vehemencia se reúnen, el discurso es perfecto. Revilla:
Decir que un objeto es ordenado, regular, proporcionado y simétrico equivale a
decir que es armónico.
[11] La Harpe: al escribir en
cortos artículos sueltos y hacer un libro con una colección de pensamientos
aislados se ahorra el trabajo de las conexiones, cuyo control es un arte.
Cicerón: las piedras bien labradas, ellas mismas se unen sin necesidad de cemento.
Jamey: Al desarrollar una idea es necesario evidenciar su conexión con la
anterior y con la siguiente para formar la cadena continua que da solidez al
discurso.
Lo sublime se halla en el corazón...al salir, contaminado por el ego, cambia el tono, cambia el estilo, cambia el mensaje..
ResponderEliminarGracias por tu comentario, Tiana. Tu conclusión de la lectura es certera, sin duda. Se derivan varias consecuencias de ello:
ResponderEliminar1. El corrector de estilo ayuda al autor a identificar las fugas egóticas que deterioran el contenido sublime que, desde su corazón, intenta entregar a sus lectores.
2. Sin la mirada de ese "lector de prueba" que es el corrector es casi imposible que el contenido hecho letra sea idéntico al contenido sublime.
3. La labor del corrector de estilo no puede consistir en verificar la obediencia a unas reglas externas a aquellas por las que se rige el corazón del autor...
Gracias de nuevo por tomarte el tiempo de aportar tu comentario. Saludos.