martes, 17 de marzo de 2020

Sobre el arte de escribir: el estilo

El estilo
Discurso leído ante la Academia francesa por M. de Buffón, el día de su recepción. 
M de Buffon - Traducción, notas y noticia biográfica: J. Vidal y Jumbert

Noticia biográfica

Buffon nació el 7 de septiembre de 1707, en la pequeña población francesa Montbard, en la Borgoña. Se llamaba Jorge Luis Leclerc. Como gracia especial, Luis XV le hizo conde de Buffón; con este único nombre ha pasado a la posteridad.

Su educación fue esmerada. Sintió en un principio predilección por las Matemáticas y en particular por la Geometría. A los 32 años de edad se dedicó a las Ciencias Naturales y, desde entonces, durante el resto de su vida fueron la ocupación constante de todo su talento. En 1749 dio a la luz los tres primeros volúmenes de su Historia Natural, de aquella magna obra que había de constar de 36 volúmenes y no debía terminarse hasta 50 años más tarde.

La Academia francesa lo admitió como socio en 1753 y, en prueba de su admiración, sin haberlo él solicitado. A su entrada en la misma leyó su famoso Discurso sobre el estilo.
Buffón murió a los 81 años, lleno de honores y de gloria.

Su carácter era vigoroso, con tendencia a lo noble, a lo elevado y magnífico. Era propenso al orden; esta cualidad dominaba su vida, sus investigaciones, sus estudios, sus libros, sus ocupaciones, por insignificantes que fueran. En su juventud fue indolente, sin que nada indicara al futuro sabio y celebérrimo escritor. Era vano, pero muy franco. Estaba dotado de una gran perseverancia y de una paciencia a toda prueba. Trabajador incansable, cuando ya hombre, le entró la pasión por el estudio, hizo verdaderos prodigios para aprovechar el tiempo. Como naturalista no llegó a la altura de un Cuvier; pero si se estudia, ha dicho Flourens, su labor científica, no puede uno menos de admirarse de su gran esfuerzo intelectual.

A pesar, dice Blandlæil, de sus errores en la historia natural y de sus debilidades en filosofía, su obra vive y vivirá como él mismo nos enseña por lo que viven las obras literarias, por el estilo.


Discurso leído ante la Academia francesa por M. de Buffón en el día de su recepción

Me honran al admitirme en esta compañía[1]; pero el honor solo existe cuando uno es digno de merecerlo[2], y no creo que algunos ensayos escritos sin arte, y sin otro adorno que el de la naturaleza misma[3], sean títulos suficientes para atreverse a tomar sitio entre los maestros del arte, entre los hombres eminentes que aquí representan el esplendor literario de Francia y cuyos nombres[4], celebrados hoy por todas partes, adquirirán todavía más celebridad entre nuestros descendientes. 

Otros han sido, señores, los motivos que os han inducido a pensar en mi; habéis querido dar a la ilustre Academia[5] a la cual tengo el honor de pertenecer hace mucho tiempo, una nueva prueba de consideración. Aunque mi gratitud deba compartirla, no por eso dejará de ser o será menos intensa; pero ¿cómo comportarme para cumplir con el deber que aquella hoy me impone? No tengo, señores, para ofreceros sino lo que ya os pertenece: algunas ideas sobre el estilo que he sacado de vuestras obras. 

Fueron concebidas al leerlos y admirados, y si algún efecto producen será por haber sido sometidas a vuestro criterio.[6]

Siempre han existido hombres que con el influjo de la palabra han sabido dominar a los demás[7]. Sin embargo, solo en los siglos que ha imperado la cultura se ha escrito bien y se ha bien hablado. La verdadera elocuencia supone el ejercicio del genio y la cultura de la inteligencia. Difiere con mucho de esa facilidad natural de hablar, que no es sino una especie de talento, una calidad inherente a los que tienen grandes pasiones, los órganos flexibles y pronta la imaginación. Esos seres vivamente, de la misma manera se conmueven y lo exteriorizan con vigor; y, por medio de una impresión puramente mecánica, transmiten a los demás su entusiasmo y sus afecciones. Es el cuerpo que habla al cuerpo; todos los movimientos, todos los signos cooperan al mismo fin y sirven igualmente. ¿Qué es necesario para conmover a la multitud y arrastrala? ¿Qué es necesario para hacer temblar a la mayoría y persuadirla? 

Un tono vehemente y patético, gestos expresivos y frecuentes, palabras rápidas y sonantes. Pero, para el corto número de los que poseen cabeza firma, gusto delicado y sentido exquisito, y que, como vosotros, señores, tienen en poco el tono, el gesto y el vano sentido de las palabras, son necesarias cosas, pensamientos, razones. Es indispensable saberlo presentar, matizar, ordenar: no basta herir el oído ni ocupar la vista; es necesario obrar sobre el alma, tocar el corazón hablando al espíritu[8].

El estilo es el orden y movimiento que uno pone a los pensamientos[9]. Si estrechamente se les enlaza, si se les comprime, se hace el estilo firme, nervioso y conciso; si lentamente se les deja sucederse y se les une solo por medio de palabras, por más elegantes que estas sean, el estilo será difuso, flojo y rastrero.

Pero, antes de estudiar el orden[10] en que deben los pensamientos ser expuestos, se ha de concebir otro más general y más fijo, en el cual no deben entrar sino los primeros puntos de vista las ideas principales. Una vez indicado el puesto que han de ocupar en este primer plan, quedará circunscrito el sujeto y se conocerá su extensión. Recordando sin cesar este primer diseño, quedarán indicados los intervalos justos que medien entre las ideas principales, y surgirán las ideas accesorias y las menos importantes, que servirán para llenar aquellos intervalos. Con la penetración del genio, podrán considerarse todas las ideas generales y particulares desde su verdadero punto de vista; con mucha perspicacia, serán reconocidos los pensamientos estériles de las ideas fecundas; con la sagacidad que da la práctica de escribir, podrá antes preverse cuál será el resultado de esas operaciones del espíritu.

Por poco vasto y complicado que sea el asunto, es muy raro que pueda dominársele de una ojeada o comprenderle por entero con un solo y primer esfuerzo de genio; y no es fácil, sin embargo, que después de muchas reflexiones se le dominen todos los detalles. Debe uno ocuparse constantemente del mismo; es el único medio de asentar sólidamente, de extender y ennoblecer los pensamientos; cuanta más substancia y fuerza se les dé para la meditación, más fácil será en seguida exteriorizarlos por medio de la palabra.

Este plan no es todavía el estilo, pero es su base; lo sostiene, lo dirige, ordena su movimiento y lo somete a sus leyes. Sin esto el mejor escritor se extravía, su pluma se desliza sin guía, y escribe a la ventura rasgos desiguales y formas discordantes. Por brillantes que sean los colores que emplee, por belleza que siembre en los detalles, como el todo será disforme o no impresionará lo suficiente; la obra no resultará bien compuesta; y, aunque admirando el espíritu del autor, podrá suponerse que le falta genio. He ahí por qué los que escriben como hablan, aunque hablen muy bien, escriben mal; por qué los que se abandonan al primer arranque de la imaginación, toman un tono que no pueden sostener; por qué los que temiendo perder pensamientos aislados, fugaces, y que escriben en tiempo diverso trozos aislados, jamás los reúnen sin transiciones forzadas[11]; en una palabra, es por falta de plan que hay tantas obras que parecen hechas de taracea, y tan pocas que parezcan fundidas de una sola vez.

Sin embargo, todo sujeto es uno, y por vasto que sea, puede ser desarrollado en un solo discurso. Las interrupciones han de usarse solo cuando se trata de sujetos diferentes, o cuando, debiendo hablar de grandes cosas, intrincadas y desemejantes, la marcha del genio se encuentra interrumpida por multitud de obstáculos y constreñida por la necesidad de las circunstancias: de otra manera el gran número de divisiones, lejos de hacer más sólida una obra destruye su conjunto; el libro parece más claro a los ojos, pero la idea del autor queda confusa, y no obrará profundamente en el ánimo del lector, y no hará tampoco impresión, si el hilo del asunto está interrumpido, si no hay dependencia armónica entre las ideas, un desarrollo sucesivo, una gradación sostenida, un movimiento uniforme, que cualquier interrupción destruye o hace languidecer.

¿Por qué las obras de la naturaleza son tan perfectas? Porque cada obra forma un todo y trabaja bajo la dirección de un plano eterno, del cual no se aparta jamás. La naturaleza prepara silenciosamente los gérmenes de sus producciones; de una sola vez, bosqueja su materia primitiva de todo ser vivo; la desarrolla, la perfecciona por un movimiento continuo y en un tiempo determinado. La obra admira, pero es la marca divina, de la cual lleva las señales, la que debe impresionarlos, Nada puede crear el espíritu humano; produce solo después de haber sido fecundado por la experiencia y la meditación. Sus conocimientos son el origen de sus producciones; pero, si imita a la naturaleza en su marcha y en su trabajo; si se eleva por la contemplación a las verdades más sublimes, si las reúne, si las encadena, si forma un todo, un sistema por la reflexión, fundará, sobre bases inmovibles, monumentos inmortales.

Es por falta de plan, por no haber meditado mucho sobre su sujeto, que un hombre de talento está dudoso, y no sabe, para escribir, por dónde empezar. Percibe a la vez gran número de ideas, y como no las ha comparado ni subordinado, nada le hace decidir a que prefiera las unas a las otras; queda, pues, perplejo. Pero, cuando haya concebido un plan; cuando de una vez haya agrupado y puesto en orden todos los pensamientos esenciales a su sujeto, comprenderá fácilmente el momento en que debe tomar la pluma; conocerá cuando esté madura la producción del espíritu, y se sentirá espoleado para darla a luz, y todo su placer consistirá en escribir. Así es como suceden sin trabajo las ideas, y el estilo es natural y fácil; de este placer nace el calor, que se derrama por todas partes, y se da vida a cada expresión. Todo se anima más y más; se eleva el tono; se colorean los objetos, y el sentimiento uniéndose a la luz aumenta, la lleva más lejos, la hace pasar de lo que se dice a lo que se quiere decir, y el estilo llega a ser interesante y luminoso.

Nada es más opuesto al calor que el deseo de poner por todas partes rasgos brillantes; nada es más opuesto a la luz que debe despedir un cuerpo y ha de distribuirse de una manera uniforme en un escrito, que esas chispas que solo se producen violentamente al chocar las palabras, para deslumbrarnos por un momento y dejarnos enseguida en las tinieblas. Son pensamientos que si brillan es solamente por la antítesis; no se presenta sino uno de los lados, dejando las demás partes en la sombra; y por lo regular ese lado que se ha escogido es solo una punta, un ángulo sobre el cual se hace converger el ingenio con tanta más facilidad cuanta se le aleja a tiempo de los grandes puntos de vista desde los cuales el buen sentido acostumbra a considerar las cosas.

Nada es aún más opuesto a la verdadera elocuencia que el empleo de pensamientos finos y el esmero en busca de ideas ligeras, desligadas, sin consistencia y que, como la hoja de metal forjado, no brillan sino perdiendo la solidez. De esta manera cuanto más en un escrito se infiltre este espíritu sutil y brillante, menos nervio tendrá; menos luz, calor y estilo; a menos que este mismo espíritu sea el fondo del asunto, y que el escritor le haya movido únicamente el deseo de bromearse; entonces, el arte de decir bagatelas es quizás más difícil que el de decir cosas importantes.

Nada es más opuesto a la belleza natural que el trabajo que uno se da para expresar cosas vulgares de una manera singular o pomposa; nada degrada más al escritor. En lugar de admirarle, se le compadece por haber gastado tanto tiempo en hacer nuevas combinaciones de palabras para al fin y al cabo decir lo que todo el mundo dice. Este defecto es propio de talentos cultivados, pero estériles; son abundantes en vocablos, mas no en ideas; trabajan, pues, sobre palabras, e imaginan que han combinado ideas, porque han alineado frases, y creen haber depurado el lenguaje cuando lo han corrompido dando diferente sentido a las dicciones. Estos escritores no poseen estilo o, mejor dicho, tienen solamente sombra; el estilo debe grabar pensamientos, y lo único que hacer es trazar palabras.

Para escribir bien, es necesario estar completamente empapado del asunto que se desee tratar. Se debe pensar mucho en el mismo para ver con claridad el orden de los pensamientos, y formar una serie, una cadena continua, de la cual cada eslabón representa una idea; y cuando se haya tomado la pluma, será necesario conducirla sucesivamente sobre este primer bosquejo, sin separarse del mismo, sin darle fundamentos demasiado desiguales, ni otro movimiento que el que permita el espacio que debe recorrer. En esto consiste la severidad del estilo y lo que hace la unidad y lo que reglamenta la rapidez, y esto solo basta también para volverlo preciso y sencillo, igual y claro, vivo y seguido. 

Si a esta primera regla dictada por el genio se le une delicadeza y gusto, escrúpulo en escoger expresiones, atención en nombrar cosas solamente con los nombres más generales, el estilo será noble. Si, además, se desconfía del primer impulso y se desprecia todo lo que no sea sino brillante, y se siente repugnancia constante por el equívoco y la chanza, el estilo tendrá gravedad y al mismo tiempo será majestuoso. En fin, si se escribe como se piensa, si está uno convencido de lo que quiere decir, esta buena fe en sí mismo, que es lo que constituye el decoro ante los demás y la verdad del estilo, hará producir todo el efecto, aunque esta persuasión interior no se marque por un entusiasmo demasiado intenso y que todo respire más candor que confianza, más razón que calor.

Por esto, señores, me parecía, al leerlos, que me hablaban, que me instruían: mi alma que con avidez recogía esos oráculos de la sabiduría quería remontarse para llegar hasta vosotros. ¡Esfuerzos vanos! Las reglas, dicen todavía ustedes, no pueden suplir al genio; si este no existe, serán inútiles. Escribir bien es a la vez pensar bien, sentir bien y expresarlo bien. Es tener al mismo tiempo talento, alma y gusto. El estilo supone la reunión y el ejercicio de todas las facultades intelectuales. Solo las ideas forman el fondo del estilo; la armonía de las palabras es lo accesorio y depende de la sensibilidad de los órganos; basta con tener un poco de oído para evitar las disonancias y haberlo ejercitado, perfeccionado por la lectura de los poetas y de los oradores, para que maquinalmente se vea uno conducido a la imitación de la cadencia poética y de los giros oratorios. La imitación jamás ha creado nada; la armonía de las palabras no hace ni el fondo ni el tono del estilo, y se halla a menudo en los escritos vacíos de ideas.

El tono es la adaptación del estilo a la naturaleza del sujeto; jamás debe ser forzado; nace naturalmente del mismo fondo de la cosa, y depende mucho del punto de generalidad al cual se hayan llevado los pensamientos. Si uno se ha elevado a las ideas más generales y el objeto es grande en sí mismo, el tono parecerá levantarse a la misma altura; y si sosteniéndolo a esta elevación contribuye al genio lo suficiente para dar a cada objeto una intensa luz; si se puede añadir la belleza del colorido a la energía del dibujo; si, en una palabra, se puede representar cada idea por una imagen viva y bien determinada, y formar de cada séquito de ideas un cuadro armonioso y movido, el tono no será solamente elevado sino sublime.

En esto, señores, la práctica es mejor que las teorías; los ejemplos enseñan más que los preceptos; pero como no me es permitido citar los trozos sublimes que tan a menudo me han transportado al leer vuestras obras, me veo forzado a acudir a reflexiones. Las obras bien escritas son las únicas que pasarán a la posteridad; la cantidad de conocimientos, la singularidad de los hechos, la misma novedad de los descubrimientos no son suficientes para inmortalizarse. Si las obras que los contienen versan sobre asuntos baladíes; si están escritas sin gusto, sin nobleza y sin genio perecerán, porque los conocimientos, los hechos y los descubrimientos se roban fácilmente, se transportan y ganan también al ser puestos en obra por manos más hábiles.

Estas cosas están fuera del hombre, el estilo es del hombre. El estilo, pues, no puede ni elevarse, ni transportarse, ni alterarse: si es elevado, noble, sublime, el autor será igualmente admirado en todas las épocas; puesto que solo la verdad dura y al tiempo es eterna. Un bello estilo lo es, en efecto, por el número infinito de verdades que presenta. Todas las bellezas intelectuales que en el mismo se hallan, todas las conexiones de que está compuesto son otras tantas verdades asimismo útiles, y quizás más preciosas para el espíritu humano que las que pueden componer el fondo del sujeto.

Lo sublime se halla en los grandes asuntos. La poesía, la historia y la filosofía todas tienen el mismo objeto, como es el hombre y la naturaleza. La filosofía describe y pinta la naturaleza; la poesía la pinta y la embellece; pinta igualmente a los hombres, los engrandece, exagera, crea los dioses y los héroes; la historia solo retrata al hombre, y lo retrata como es; así, el tono del historiador no tocará a lo sublime sino al retratar a los hombres más grandes, al exponer las más grandes acciones, los más grandes movimientos, las más grandes revoluciones y, en todo otro lugar bastará que sea majestuoso y grave. 

El tono del filósofo podrá llegar a lo sublime, siempre que hable de las leyes de la naturaleza de los seres en general, del espacio, de la materia, del movimiento y del tiempo, del alma, del entendimiento, de los sentimientos, de las pasiones; en lo demás, le bastará que sea noble y elevado. Pero el tono del orador y del poeta, si el sujeto es grande, debe ser siempre sublime, porque son maestros en añadir a la grandeza del sujeto tanto color, tanto movimiento, tanta ilusión como a ellos les plazca; y debiendo siempre pintar y siempre aumentar los objetos, deben igualmente emplear por todas partes toda la fuerza y desplegar todo lo vasto de su genio.


M de Buffon - Traducción y notas: J. Vidal y Jumbert
Disponible en: https://bit.ly/3a2KmNa.


[1] Le enorgullece el hecho de que la Academia francesa lo eligiera sin que él lo solicitara.
[2] Buffon no era modesto y era consciente de su valor.
[3] Antes de leer este discurso, Buffón ya había recibido grandes elogios por el estilo de los volúmenes ya publicados de su Historia Natural.
[4] Crevillón, Duclos, Maupertius, Voltaire, Hénault, abate Olivet, Grassetm Marleaux, Montesquieu.
[5] La Academia de las ciencias lo eligió miembro en 1773.
[6] Aparte de Voltaire y Montesquieu, Buffón sabía que no había quien le superase en materia de estilo.
[7] Invoca a Cicerón, que hace esta afirmación en su Bruto.
[8] Buffón se refiere a la elocuencia literaria; es decir, a la elocuencia escrita.
[9] Desarrolla la dimensión “orden”; olvida desarrollar la dimensión “movimiento”. Roche: Orden y estilo son partes del estilo pero no lo completan; Loise: el estilo es la fisonomía del pensamiento; Urbain: el estilo es la manera particular como cada uno expresa sus pensamientos y sus sentimientos mediante el lenguaje. Barón: subordinado a la naturaleza del sujeto y, sobre todo, al temperamento, al corazón, al espíritu, al gusto del escritor, todo forzosamente modificado por la influencia del siglo y del país en que vive el escritor. Blair: No hay que confundir el estilo con la lengua, que es la materia; ni con la sintaxis, que es la forma. Ni con la dicción (naturaleza de las palabras elegidas, estructura y enlace gramaticales). El estilo atiende al pensamiento, a la ocasión en que se expresa, a las propiedades del escritor, al carácter de aquellos a quienes se dirige. En una obra, la dicción puede ser esmerada y correcta y malo el estilo, por impropio o por inexacto. Puede ser bueno el lenguaje y malo el estilo. Y se puede tener muy buen estilo sin escribir muy bien. En el estilo hay algo más que retórica y gramática; hay la marca del obrero (Labbé J. L.) el sello de apropiación por medio del trabajo de algo que hasta ese instante fue siempre indiviso. Bonghi: la vida que se toma el concepto en el que lo concibe.
[10] Fenellon: Cuando orden, precisión, fuerza y vehemencia se reúnen, el discurso es perfecto. Revilla: Decir que un objeto es ordenado, regular, proporcionado y simétrico equivale a decir que es armónico.
[11] La Harpe: al escribir en cortos artículos sueltos y hacer un libro con una colección de pensamientos aislados se ahorra el trabajo de las conexiones, cuyo control es un arte. Cicerón: las piedras bien labradas, ellas mismas se unen sin necesidad de cemento. Jamey: Al desarrollar una idea es necesario evidenciar su conexión con la anterior y con la siguiente para formar la cadena continua que da solidez al discurso.