Creo adecuado a este “encuentro de egresados” compartir algunas inquietudes que me ha generado la práctica profesional en la que pongo al servicio de la sociedad los conocimientos que desarrollé al paso por este espacio que nos vincula; quizás de esta manera pueda contribuir a la configuración del campo cultural del que formamos parte.
Bajo ese supuesto, me propongo comentarles que ahora, siendo magíster en literatura y cultura, me siento mucho más seguro aportando a la industria editorial desde el encuadre que supone ejercer el oficio de “corrector de estilo”; he ocupado este punto de vista desde tiempos en que apenas era un estudiante en la carrera de Literatura, en la Universidad Nacional. Esa experiencia sostenida me permite proponer a discusión algunos problemas entre otros diversos que, por los límites del tiempo, tendré que dejar en el tintero. El tiempo tampoco permite compartir detalles de la experiencia en sí. Entonces, me limitaré a plantear los problemas, que son los siguientes.
1. El primer problema lo traté antes en un artículo para el blog de Correcta, y tiene que ver con las variaciones de la interpretación de la frase nominal “corrector de estilo”. Al respecto, de momento, creo que es muy importante entender que en ese contexto la palabra “corrector” debe asumirse bajo un sentido estrictamente operativo; el error de Correcta es precisamente que enfatiza en la práctica de “corregir”. Pero el oficio en sí debe concentrarse en la noción de “estilo”. Lo que remite de inmediato a la teoría literaria; específicamente, en lo que se refiere a la particular relación que hay entre la literatura y la escritura. Lo que daría motivo a una exposición en sí.
Sé que desde las perspectivas de los lingüistas y de los filólogos se han pensado otras denominaciones; pero, esto ha resultado en que el énfasis en la noción de “estilo” se desdibuje cada vez más. Finalmente, el problema no está en el nombre, sino en la manera como se asume lo nombrado. De momento, lo interesante de este problema es que de él se derivan los siguientes:
2. Hoy día observo los resultados de mis primeras experiencias de trabajo y los contrasto con los que he generado en las más recientes. Esa observación intuitiva me permite manifestarme escéptico frente a lo que pueda lograr alguien que haga un diplomado en corrección de estilo.
Este tipo de estrategia suele prometer demasiado sin ofrecer garantías de lograr nada; y su emergencia asfixiante solo puede explicarse como una interpretación técnica de la práctica de “corregir”. Lo que, entre otras cosas, lleva a muchas situaciones en las que los autores tienen que padecer una práctica irracional de imposición normativa que muchas veces está fuera de lugar.
Porque, ante la soberbia de quien “corrige”, el estilo resulta completamente ignorado. La comprensión del “estilo” de un texto está al margen de las capacidades de una mirada técnica e incluso de una mirada profesional estándar.
Una mirada tecnicista no tiene manera de explicarle a un doctor en ciencias jurídicas o a uno en ciencias biomédicas, o a muchas personas situadas en posiciones de pensamiento altamente estructurado, lo que significa el “enfoque discursivo en la producción del sentido” que se realiza en cualquier texto dado; tampoco está en capacidad de identificar y precisar la “visión de mundo” que el autor configura en ese texto, mucho menos de intuir el ejercicio de “toma de posición” que el autor asume al delinear el contenido que aporta. Estos factores, sin lugar a dudas, determinan el sistema de elecciones mediante el cual se configura el repertorio verbal del texto dado y, por ende, el estilo de su autor.
He visto muchos casos de personas que se resisten a someter sus textos a la mirada de un “corrector de estilo” y, la mayoría de las veces, encuentro razonable su objeción. Bajo la concepción tecnicista del oficio (que la industria favorece por razones presupuestales, que no de rentabilidad), se asumen los aportes de la Real Academia, o de la APA, etcétera, como postulados bíblicos, y no en función del estilo en sí del texto dado. Esta situación genera polémicas que, en principio, van en detrimento de la calidad del contenido particular del caso; pero que, a la larga, debilitan el campo cultural al que el autor se propone contribuir; son herramientas, no dogmas.
Claro, observo mi práctica hoy y siento que ahora sí comprendo el oficio; pero, al principio, siendo estudiante de pregrado, conociendo apenas la noción de “estilo”, mi capacidad de intervención sobre los textos era muy débil; cumplía una función que desbordaba mi propio alcance. Pero, puedo decir en mi favor que desde el principio entendí que no se trataba de verificar cierta obediencia a la RAE; entidad que, por demás, quien lee los textos introductorios de los recursos que produce pronto puede entender que está lejos de semejante pretensión.
3. Los anteriores problemas son, en cierto sentido, de tipo teórico: ¿Cómo entender la expresión “corrección de estilo”? y ¿Por qué no asumir dicha práctica como un oficio técnico, sino como un oficio altamente especializado? Ahora, con los siguientes dos problemas, iremos a la aplicación de esa noción en casos en los que se concreta la necesidad de comprenderla así: como un oficio que corresponde a personas con formación en altos estudios de lenguaje.
En el primer caso, una abogada, especialista, magíster y candidata a doctora, solicita la corrección de estilo para un “recurso de apelación” a una sentencia proferida por cierto tribunal. El texto no solo da lugar a una compleja discusión sobre el estilo general de los textos jurídicos, sino que deja ver serios problemas de redacción y ortografía tanto en la sentencia que se apela como en otra sentencia proferida, previamente, por el Consejo de Estado. Es decir: a todo lo largo de la jurisprudencia colombiana se identifica la necesidad de optimizar la escritura.
Las implicaciones legales y políticas de la escritura se concretan en estos casos. Y, por supuesto, en este nivel es definitivamente claro que no basta con que un abogado haga un diplomado en corrección de estilo para que esta problemática tenga el trámite adecuado. No puedo exponer ejemplos específicos del texto en cuestión por las reservas que supone. Pero puedo decir que este caso me motivó a compartir en este medio mi reflexión, y no en un encuentro de correctores que en muchos sentidos se me dificulta admitir como tales.
4. El último problema que quiero compartir con ustedes está relacionado con lo que ha sido mi práctica específica de los últimos dos años. Corregir estilo de textos de Matemáticas. ¿Quién puede hacer eso y cómo? Por lo general, salvo excepciones, las personas que estudiamos carreras relacionadas con el lenguaje (Comunicación, Idiomas, Lingüística, Filología, o Literatura) y que por esa vía terminamos dedicados a la corrección de estilo mantenemos una distancia extrema con relación a los asuntos de los matemáticos.
En consecuencia, en la edición de ese tipo de textos, la corrección de estilo suele ser insuficiente; queda limitada al nivel técnico del material verbal; no está en capacidad de entrar a observar el diálogo entre el lenguaje gráfico o el lenguaje simbólico (ecuaciones y demás expresiones algebraicas) con ese material verbal. En efecto, muchos autores de textos científicos encuentran que el texto que producen es menos defectuoso sin la intervención de alguien que, en realidad, no está en capacidad de leerlo. Como podrán imaginarlo, los efectos de esta limitación se propagan a lo largo de toda nuestra cultura.
Así planteado este boceto de una problemática, concluyo mi intervención planteando un par de preguntas que en el fondo conllevan también cierto boceto de una propuesta:
¿Qué tal si pensáramos un curso electivo de “corrección de estilo” ofrecido por nuestra Maestría en Estudios Editoriales especialmente dirigida a estudiantes de la Maestría en Literatura y Cultura del instituto, y de otras maestrías en literatura en la ciudad y en el país? y ¿qué tal si, también desde la Maestría en Estudios Editoriales, se pensara en gestionar cierto curso de introducción a las matemáticas avanzadas, en acuerdo, quizás, con el Departamento de Matemáticas de la Universidad Nacional, orientado a personas interesadas en contribuir a la optimización de textos científicos o sobre innovación tecnológica?
Muchas gracias.
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