jueves, 16 de junio de 2022

La corrección de estilo: una práctica particular de la relación entre Literatura y Cultura

Creo adecuado a este “encuentro de egresados” compartir algunas inquietudes que me ha generado la práctica profesional en la que pongo al servicio de la sociedad los conocimientos que desarrollé al paso por este espacio que nos vincula; quizás de esta manera pueda contribuir a la configuración del campo cultural del que formamos parte.
 
Bajo ese supuesto, me propongo comentarles que ahora, siendo magíster en literatura y cultura, me siento mucho más seguro aportando a la industria editorial desde el encuadre que supone ejercer el oficio de “corrector de estilo”; he ocupado este punto de vista desde tiempos en que apenas era un estudiante en la carrera de Literatura, en la Universidad Nacional. Esa experiencia sostenida me permite proponer a discusión algunos problemas entre otros diversos que, por los límites del tiempo, tendré que dejar en el tintero. El tiempo tampoco permite compartir detalles de la experiencia en sí. Entonces, me limitaré a plantear los problemas, que son los siguientes. 

1. El primer problema lo traté antes en un artículo para el blog de Correcta, y tiene que ver con las variaciones de la interpretación de la frase nominal “corrector de estilo”. Al respecto, de momento, creo que es muy importante entender que en ese contexto la palabra “corrector” debe asumirse bajo un sentido estrictamente operativo; el error de Correcta es precisamente que enfatiza en la práctica de “corregir”. Pero el oficio en sí debe concentrarse en la noción de “estilo”. Lo que remite de inmediato a la teoría literaria; específicamente, en lo que se refiere a la particular relación que hay entre la literatura y la escritura. Lo que daría motivo a una exposición en sí. 

Sé que desde las perspectivas de los lingüistas y de los filólogos se han pensado otras denominaciones; pero, esto ha resultado en que el énfasis en la noción de “estilo” se desdibuje cada vez más. Finalmente, el problema no está en el nombre, sino en la manera como se asume lo nombrado. De momento, lo interesante de este problema es que de él se derivan los siguientes: 

2. Hoy día observo los resultados de mis primeras experiencias de trabajo y los contrasto con los que he generado en las más recientes. Esa observación intuitiva me permite manifestarme escéptico frente a lo que pueda lograr alguien que haga un diplomado en corrección de estilo. 

Este tipo de estrategia suele prometer demasiado sin ofrecer garantías de lograr nada; y su emergencia asfixiante solo puede explicarse como una interpretación técnica de la práctica de “corregir”. Lo que, entre otras cosas, lleva a muchas situaciones en las que los autores tienen que padecer una práctica irracional de imposición normativa que muchas veces está fuera de lugar. 

Porque, ante la soberbia de quien “corrige”, el estilo resulta completamente ignorado. La comprensión del “estilo” de un texto está al margen de las capacidades de una mirada técnica e incluso de una mirada profesional estándar. 

Una mirada tecnicista no tiene manera de explicarle a un doctor en ciencias jurídicas o a uno en ciencias biomédicas, o a muchas personas situadas en posiciones de pensamiento altamente estructurado, lo que significa el “enfoque discursivo en la producción del sentido” que se realiza en cualquier texto dado; tampoco está en capacidad de identificar y precisar la “visión de mundo” que el autor configura en ese texto, mucho menos de intuir el ejercicio de “toma de posición” que el autor asume al delinear el contenido que aporta. Estos factores, sin lugar a dudas, determinan el sistema de elecciones mediante el cual se configura el repertorio verbal del texto dado y, por ende, el estilo de su autor. 

He visto muchos casos de personas que se resisten a someter sus textos a la mirada de un “corrector de estilo” y, la mayoría de las veces, encuentro razonable su objeción. Bajo la concepción tecnicista del oficio (que la industria favorece por razones presupuestales, que no de rentabilidad), se asumen los aportes de la Real Academia, o de la APA, etcétera, como postulados bíblicos, y no en función del estilo en sí del texto dado. Esta situación genera polémicas que, en principio, van en detrimento de la calidad del contenido particular del caso; pero que, a la larga, debilitan el campo cultural al que el autor se propone contribuir; son herramientas, no dogmas. 

Claro, observo mi práctica hoy y siento que ahora sí comprendo el oficio; pero, al principio, siendo estudiante de pregrado, conociendo apenas la noción de “estilo”, mi capacidad de intervención sobre los textos era muy débil; cumplía una función que desbordaba mi propio alcance. Pero, puedo decir en mi favor que desde el principio entendí que no se trataba de verificar cierta obediencia a la RAE; entidad que, por demás, quien lee los textos introductorios de los recursos que produce pronto puede entender que está lejos de semejante pretensión. 

3. Los anteriores problemas son, en cierto sentido, de tipo teórico: ¿Cómo entender la expresión “corrección de estilo”? y ¿Por qué no asumir dicha práctica como un oficio técnico, sino como un oficio altamente especializado? Ahora, con los siguientes dos problemas, iremos a la aplicación de esa noción en casos en los que se concreta la necesidad de comprenderla así: como un oficio que corresponde a personas con formación en altos estudios de lenguaje. 

En el primer caso, una abogada, especialista, magíster y candidata a doctora, solicita la corrección de estilo para un “recurso de apelación” a una sentencia proferida por cierto tribunal. El texto no solo da lugar a una compleja discusión sobre el estilo general de los textos jurídicos, sino que deja ver serios problemas de redacción y ortografía tanto en la sentencia que se apela como en otra sentencia proferida, previamente, por el Consejo de Estado. Es decir: a todo lo largo de la jurisprudencia colombiana se identifica la necesidad de optimizar la escritura. 

Las implicaciones legales y políticas de la escritura se concretan en estos casos. Y, por supuesto, en este nivel es definitivamente claro que no basta con que un abogado haga un diplomado en corrección de estilo para que esta problemática tenga el trámite adecuado. No puedo exponer ejemplos específicos del texto en cuestión por las reservas que supone. Pero puedo decir que este caso me motivó a compartir en este medio mi reflexión, y no en un encuentro de correctores que en muchos sentidos se me dificulta admitir como tales. 

4. El último problema que quiero compartir con ustedes está relacionado con lo que ha sido mi práctica específica de los últimos dos años. Corregir estilo de textos de Matemáticas. ¿Quién puede hacer eso y cómo? Por lo general, salvo excepciones, las personas que estudiamos carreras relacionadas con el lenguaje (Comunicación, Idiomas, Lingüística, Filología, o Literatura) y que por esa vía terminamos dedicados a la corrección de estilo mantenemos una distancia extrema con relación a los asuntos de los matemáticos. 

En consecuencia, en la edición de ese tipo de textos, la corrección de estilo suele ser insuficiente; queda limitada al nivel técnico del material verbal; no está en capacidad de entrar a observar el diálogo entre el lenguaje gráfico o el lenguaje simbólico (ecuaciones y demás expresiones algebraicas) con ese material verbal. En efecto, muchos autores de textos científicos encuentran que el texto que producen es menos defectuoso sin la intervención de alguien que, en realidad, no está en capacidad de leerlo. Como podrán imaginarlo, los efectos de esta limitación se propagan a lo largo de toda nuestra cultura. 

Así planteado este boceto de una problemática, concluyo mi intervención planteando un par de preguntas que en el fondo conllevan también cierto boceto de una propuesta: 

¿Qué tal si pensáramos un curso electivo de “corrección de estilo” ofrecido por nuestra Maestría en Estudios Editoriales especialmente dirigida a estudiantes de la Maestría en Literatura y Cultura del instituto, y de otras maestrías en literatura en la ciudad y en el país? y ¿qué tal si, también desde la Maestría en Estudios Editoriales, se pensara en gestionar cierto curso de introducción a las matemáticas avanzadas, en acuerdo, quizás, con el Departamento de Matemáticas de la Universidad Nacional, orientado a personas interesadas en contribuir a la optimización de textos científicos o sobre innovación tecnológica? 

Muchas gracias.

martes, 17 de marzo de 2020

Sobre el arte de escribir: el estilo

El estilo
Discurso leído ante la Academia francesa por M. de Buffón, el día de su recepción. 
M de Buffon - Traducción, notas y noticia biográfica: J. Vidal y Jumbert

Noticia biográfica

Buffon nació el 7 de septiembre de 1707, en la pequeña población francesa Montbard, en la Borgoña. Se llamaba Jorge Luis Leclerc. Como gracia especial, Luis XV le hizo conde de Buffón; con este único nombre ha pasado a la posteridad.

Su educación fue esmerada. Sintió en un principio predilección por las Matemáticas y en particular por la Geometría. A los 32 años de edad se dedicó a las Ciencias Naturales y, desde entonces, durante el resto de su vida fueron la ocupación constante de todo su talento. En 1749 dio a la luz los tres primeros volúmenes de su Historia Natural, de aquella magna obra que había de constar de 36 volúmenes y no debía terminarse hasta 50 años más tarde.

La Academia francesa lo admitió como socio en 1753 y, en prueba de su admiración, sin haberlo él solicitado. A su entrada en la misma leyó su famoso Discurso sobre el estilo.
Buffón murió a los 81 años, lleno de honores y de gloria.

Su carácter era vigoroso, con tendencia a lo noble, a lo elevado y magnífico. Era propenso al orden; esta cualidad dominaba su vida, sus investigaciones, sus estudios, sus libros, sus ocupaciones, por insignificantes que fueran. En su juventud fue indolente, sin que nada indicara al futuro sabio y celebérrimo escritor. Era vano, pero muy franco. Estaba dotado de una gran perseverancia y de una paciencia a toda prueba. Trabajador incansable, cuando ya hombre, le entró la pasión por el estudio, hizo verdaderos prodigios para aprovechar el tiempo. Como naturalista no llegó a la altura de un Cuvier; pero si se estudia, ha dicho Flourens, su labor científica, no puede uno menos de admirarse de su gran esfuerzo intelectual.

A pesar, dice Blandlæil, de sus errores en la historia natural y de sus debilidades en filosofía, su obra vive y vivirá como él mismo nos enseña por lo que viven las obras literarias, por el estilo.


Discurso leído ante la Academia francesa por M. de Buffón en el día de su recepción

Me honran al admitirme en esta compañía[1]; pero el honor solo existe cuando uno es digno de merecerlo[2], y no creo que algunos ensayos escritos sin arte, y sin otro adorno que el de la naturaleza misma[3], sean títulos suficientes para atreverse a tomar sitio entre los maestros del arte, entre los hombres eminentes que aquí representan el esplendor literario de Francia y cuyos nombres[4], celebrados hoy por todas partes, adquirirán todavía más celebridad entre nuestros descendientes. 

Otros han sido, señores, los motivos que os han inducido a pensar en mi; habéis querido dar a la ilustre Academia[5] a la cual tengo el honor de pertenecer hace mucho tiempo, una nueva prueba de consideración. Aunque mi gratitud deba compartirla, no por eso dejará de ser o será menos intensa; pero ¿cómo comportarme para cumplir con el deber que aquella hoy me impone? No tengo, señores, para ofreceros sino lo que ya os pertenece: algunas ideas sobre el estilo que he sacado de vuestras obras. 

Fueron concebidas al leerlos y admirados, y si algún efecto producen será por haber sido sometidas a vuestro criterio.[6]

Siempre han existido hombres que con el influjo de la palabra han sabido dominar a los demás[7]. Sin embargo, solo en los siglos que ha imperado la cultura se ha escrito bien y se ha bien hablado. La verdadera elocuencia supone el ejercicio del genio y la cultura de la inteligencia. Difiere con mucho de esa facilidad natural de hablar, que no es sino una especie de talento, una calidad inherente a los que tienen grandes pasiones, los órganos flexibles y pronta la imaginación. Esos seres vivamente, de la misma manera se conmueven y lo exteriorizan con vigor; y, por medio de una impresión puramente mecánica, transmiten a los demás su entusiasmo y sus afecciones. Es el cuerpo que habla al cuerpo; todos los movimientos, todos los signos cooperan al mismo fin y sirven igualmente. ¿Qué es necesario para conmover a la multitud y arrastrala? ¿Qué es necesario para hacer temblar a la mayoría y persuadirla? 

Un tono vehemente y patético, gestos expresivos y frecuentes, palabras rápidas y sonantes. Pero, para el corto número de los que poseen cabeza firma, gusto delicado y sentido exquisito, y que, como vosotros, señores, tienen en poco el tono, el gesto y el vano sentido de las palabras, son necesarias cosas, pensamientos, razones. Es indispensable saberlo presentar, matizar, ordenar: no basta herir el oído ni ocupar la vista; es necesario obrar sobre el alma, tocar el corazón hablando al espíritu[8].

El estilo es el orden y movimiento que uno pone a los pensamientos[9]. Si estrechamente se les enlaza, si se les comprime, se hace el estilo firme, nervioso y conciso; si lentamente se les deja sucederse y se les une solo por medio de palabras, por más elegantes que estas sean, el estilo será difuso, flojo y rastrero.

Pero, antes de estudiar el orden[10] en que deben los pensamientos ser expuestos, se ha de concebir otro más general y más fijo, en el cual no deben entrar sino los primeros puntos de vista las ideas principales. Una vez indicado el puesto que han de ocupar en este primer plan, quedará circunscrito el sujeto y se conocerá su extensión. Recordando sin cesar este primer diseño, quedarán indicados los intervalos justos que medien entre las ideas principales, y surgirán las ideas accesorias y las menos importantes, que servirán para llenar aquellos intervalos. Con la penetración del genio, podrán considerarse todas las ideas generales y particulares desde su verdadero punto de vista; con mucha perspicacia, serán reconocidos los pensamientos estériles de las ideas fecundas; con la sagacidad que da la práctica de escribir, podrá antes preverse cuál será el resultado de esas operaciones del espíritu.

Por poco vasto y complicado que sea el asunto, es muy raro que pueda dominársele de una ojeada o comprenderle por entero con un solo y primer esfuerzo de genio; y no es fácil, sin embargo, que después de muchas reflexiones se le dominen todos los detalles. Debe uno ocuparse constantemente del mismo; es el único medio de asentar sólidamente, de extender y ennoblecer los pensamientos; cuanta más substancia y fuerza se les dé para la meditación, más fácil será en seguida exteriorizarlos por medio de la palabra.

Este plan no es todavía el estilo, pero es su base; lo sostiene, lo dirige, ordena su movimiento y lo somete a sus leyes. Sin esto el mejor escritor se extravía, su pluma se desliza sin guía, y escribe a la ventura rasgos desiguales y formas discordantes. Por brillantes que sean los colores que emplee, por belleza que siembre en los detalles, como el todo será disforme o no impresionará lo suficiente; la obra no resultará bien compuesta; y, aunque admirando el espíritu del autor, podrá suponerse que le falta genio. He ahí por qué los que escriben como hablan, aunque hablen muy bien, escriben mal; por qué los que se abandonan al primer arranque de la imaginación, toman un tono que no pueden sostener; por qué los que temiendo perder pensamientos aislados, fugaces, y que escriben en tiempo diverso trozos aislados, jamás los reúnen sin transiciones forzadas[11]; en una palabra, es por falta de plan que hay tantas obras que parecen hechas de taracea, y tan pocas que parezcan fundidas de una sola vez.

Sin embargo, todo sujeto es uno, y por vasto que sea, puede ser desarrollado en un solo discurso. Las interrupciones han de usarse solo cuando se trata de sujetos diferentes, o cuando, debiendo hablar de grandes cosas, intrincadas y desemejantes, la marcha del genio se encuentra interrumpida por multitud de obstáculos y constreñida por la necesidad de las circunstancias: de otra manera el gran número de divisiones, lejos de hacer más sólida una obra destruye su conjunto; el libro parece más claro a los ojos, pero la idea del autor queda confusa, y no obrará profundamente en el ánimo del lector, y no hará tampoco impresión, si el hilo del asunto está interrumpido, si no hay dependencia armónica entre las ideas, un desarrollo sucesivo, una gradación sostenida, un movimiento uniforme, que cualquier interrupción destruye o hace languidecer.

¿Por qué las obras de la naturaleza son tan perfectas? Porque cada obra forma un todo y trabaja bajo la dirección de un plano eterno, del cual no se aparta jamás. La naturaleza prepara silenciosamente los gérmenes de sus producciones; de una sola vez, bosqueja su materia primitiva de todo ser vivo; la desarrolla, la perfecciona por un movimiento continuo y en un tiempo determinado. La obra admira, pero es la marca divina, de la cual lleva las señales, la que debe impresionarlos, Nada puede crear el espíritu humano; produce solo después de haber sido fecundado por la experiencia y la meditación. Sus conocimientos son el origen de sus producciones; pero, si imita a la naturaleza en su marcha y en su trabajo; si se eleva por la contemplación a las verdades más sublimes, si las reúne, si las encadena, si forma un todo, un sistema por la reflexión, fundará, sobre bases inmovibles, monumentos inmortales.

Es por falta de plan, por no haber meditado mucho sobre su sujeto, que un hombre de talento está dudoso, y no sabe, para escribir, por dónde empezar. Percibe a la vez gran número de ideas, y como no las ha comparado ni subordinado, nada le hace decidir a que prefiera las unas a las otras; queda, pues, perplejo. Pero, cuando haya concebido un plan; cuando de una vez haya agrupado y puesto en orden todos los pensamientos esenciales a su sujeto, comprenderá fácilmente el momento en que debe tomar la pluma; conocerá cuando esté madura la producción del espíritu, y se sentirá espoleado para darla a luz, y todo su placer consistirá en escribir. Así es como suceden sin trabajo las ideas, y el estilo es natural y fácil; de este placer nace el calor, que se derrama por todas partes, y se da vida a cada expresión. Todo se anima más y más; se eleva el tono; se colorean los objetos, y el sentimiento uniéndose a la luz aumenta, la lleva más lejos, la hace pasar de lo que se dice a lo que se quiere decir, y el estilo llega a ser interesante y luminoso.

Nada es más opuesto al calor que el deseo de poner por todas partes rasgos brillantes; nada es más opuesto a la luz que debe despedir un cuerpo y ha de distribuirse de una manera uniforme en un escrito, que esas chispas que solo se producen violentamente al chocar las palabras, para deslumbrarnos por un momento y dejarnos enseguida en las tinieblas. Son pensamientos que si brillan es solamente por la antítesis; no se presenta sino uno de los lados, dejando las demás partes en la sombra; y por lo regular ese lado que se ha escogido es solo una punta, un ángulo sobre el cual se hace converger el ingenio con tanta más facilidad cuanta se le aleja a tiempo de los grandes puntos de vista desde los cuales el buen sentido acostumbra a considerar las cosas.

Nada es aún más opuesto a la verdadera elocuencia que el empleo de pensamientos finos y el esmero en busca de ideas ligeras, desligadas, sin consistencia y que, como la hoja de metal forjado, no brillan sino perdiendo la solidez. De esta manera cuanto más en un escrito se infiltre este espíritu sutil y brillante, menos nervio tendrá; menos luz, calor y estilo; a menos que este mismo espíritu sea el fondo del asunto, y que el escritor le haya movido únicamente el deseo de bromearse; entonces, el arte de decir bagatelas es quizás más difícil que el de decir cosas importantes.

Nada es más opuesto a la belleza natural que el trabajo que uno se da para expresar cosas vulgares de una manera singular o pomposa; nada degrada más al escritor. En lugar de admirarle, se le compadece por haber gastado tanto tiempo en hacer nuevas combinaciones de palabras para al fin y al cabo decir lo que todo el mundo dice. Este defecto es propio de talentos cultivados, pero estériles; son abundantes en vocablos, mas no en ideas; trabajan, pues, sobre palabras, e imaginan que han combinado ideas, porque han alineado frases, y creen haber depurado el lenguaje cuando lo han corrompido dando diferente sentido a las dicciones. Estos escritores no poseen estilo o, mejor dicho, tienen solamente sombra; el estilo debe grabar pensamientos, y lo único que hacer es trazar palabras.

Para escribir bien, es necesario estar completamente empapado del asunto que se desee tratar. Se debe pensar mucho en el mismo para ver con claridad el orden de los pensamientos, y formar una serie, una cadena continua, de la cual cada eslabón representa una idea; y cuando se haya tomado la pluma, será necesario conducirla sucesivamente sobre este primer bosquejo, sin separarse del mismo, sin darle fundamentos demasiado desiguales, ni otro movimiento que el que permita el espacio que debe recorrer. En esto consiste la severidad del estilo y lo que hace la unidad y lo que reglamenta la rapidez, y esto solo basta también para volverlo preciso y sencillo, igual y claro, vivo y seguido. 

Si a esta primera regla dictada por el genio se le une delicadeza y gusto, escrúpulo en escoger expresiones, atención en nombrar cosas solamente con los nombres más generales, el estilo será noble. Si, además, se desconfía del primer impulso y se desprecia todo lo que no sea sino brillante, y se siente repugnancia constante por el equívoco y la chanza, el estilo tendrá gravedad y al mismo tiempo será majestuoso. En fin, si se escribe como se piensa, si está uno convencido de lo que quiere decir, esta buena fe en sí mismo, que es lo que constituye el decoro ante los demás y la verdad del estilo, hará producir todo el efecto, aunque esta persuasión interior no se marque por un entusiasmo demasiado intenso y que todo respire más candor que confianza, más razón que calor.

Por esto, señores, me parecía, al leerlos, que me hablaban, que me instruían: mi alma que con avidez recogía esos oráculos de la sabiduría quería remontarse para llegar hasta vosotros. ¡Esfuerzos vanos! Las reglas, dicen todavía ustedes, no pueden suplir al genio; si este no existe, serán inútiles. Escribir bien es a la vez pensar bien, sentir bien y expresarlo bien. Es tener al mismo tiempo talento, alma y gusto. El estilo supone la reunión y el ejercicio de todas las facultades intelectuales. Solo las ideas forman el fondo del estilo; la armonía de las palabras es lo accesorio y depende de la sensibilidad de los órganos; basta con tener un poco de oído para evitar las disonancias y haberlo ejercitado, perfeccionado por la lectura de los poetas y de los oradores, para que maquinalmente se vea uno conducido a la imitación de la cadencia poética y de los giros oratorios. La imitación jamás ha creado nada; la armonía de las palabras no hace ni el fondo ni el tono del estilo, y se halla a menudo en los escritos vacíos de ideas.

El tono es la adaptación del estilo a la naturaleza del sujeto; jamás debe ser forzado; nace naturalmente del mismo fondo de la cosa, y depende mucho del punto de generalidad al cual se hayan llevado los pensamientos. Si uno se ha elevado a las ideas más generales y el objeto es grande en sí mismo, el tono parecerá levantarse a la misma altura; y si sosteniéndolo a esta elevación contribuye al genio lo suficiente para dar a cada objeto una intensa luz; si se puede añadir la belleza del colorido a la energía del dibujo; si, en una palabra, se puede representar cada idea por una imagen viva y bien determinada, y formar de cada séquito de ideas un cuadro armonioso y movido, el tono no será solamente elevado sino sublime.

En esto, señores, la práctica es mejor que las teorías; los ejemplos enseñan más que los preceptos; pero como no me es permitido citar los trozos sublimes que tan a menudo me han transportado al leer vuestras obras, me veo forzado a acudir a reflexiones. Las obras bien escritas son las únicas que pasarán a la posteridad; la cantidad de conocimientos, la singularidad de los hechos, la misma novedad de los descubrimientos no son suficientes para inmortalizarse. Si las obras que los contienen versan sobre asuntos baladíes; si están escritas sin gusto, sin nobleza y sin genio perecerán, porque los conocimientos, los hechos y los descubrimientos se roban fácilmente, se transportan y ganan también al ser puestos en obra por manos más hábiles.

Estas cosas están fuera del hombre, el estilo es del hombre. El estilo, pues, no puede ni elevarse, ni transportarse, ni alterarse: si es elevado, noble, sublime, el autor será igualmente admirado en todas las épocas; puesto que solo la verdad dura y al tiempo es eterna. Un bello estilo lo es, en efecto, por el número infinito de verdades que presenta. Todas las bellezas intelectuales que en el mismo se hallan, todas las conexiones de que está compuesto son otras tantas verdades asimismo útiles, y quizás más preciosas para el espíritu humano que las que pueden componer el fondo del sujeto.

Lo sublime se halla en los grandes asuntos. La poesía, la historia y la filosofía todas tienen el mismo objeto, como es el hombre y la naturaleza. La filosofía describe y pinta la naturaleza; la poesía la pinta y la embellece; pinta igualmente a los hombres, los engrandece, exagera, crea los dioses y los héroes; la historia solo retrata al hombre, y lo retrata como es; así, el tono del historiador no tocará a lo sublime sino al retratar a los hombres más grandes, al exponer las más grandes acciones, los más grandes movimientos, las más grandes revoluciones y, en todo otro lugar bastará que sea majestuoso y grave. 

El tono del filósofo podrá llegar a lo sublime, siempre que hable de las leyes de la naturaleza de los seres en general, del espacio, de la materia, del movimiento y del tiempo, del alma, del entendimiento, de los sentimientos, de las pasiones; en lo demás, le bastará que sea noble y elevado. Pero el tono del orador y del poeta, si el sujeto es grande, debe ser siempre sublime, porque son maestros en añadir a la grandeza del sujeto tanto color, tanto movimiento, tanta ilusión como a ellos les plazca; y debiendo siempre pintar y siempre aumentar los objetos, deben igualmente emplear por todas partes toda la fuerza y desplegar todo lo vasto de su genio.


M de Buffon - Traducción y notas: J. Vidal y Jumbert
Disponible en: https://bit.ly/3a2KmNa.


[1] Le enorgullece el hecho de que la Academia francesa lo eligiera sin que él lo solicitara.
[2] Buffon no era modesto y era consciente de su valor.
[3] Antes de leer este discurso, Buffón ya había recibido grandes elogios por el estilo de los volúmenes ya publicados de su Historia Natural.
[4] Crevillón, Duclos, Maupertius, Voltaire, Hénault, abate Olivet, Grassetm Marleaux, Montesquieu.
[5] La Academia de las ciencias lo eligió miembro en 1773.
[6] Aparte de Voltaire y Montesquieu, Buffón sabía que no había quien le superase en materia de estilo.
[7] Invoca a Cicerón, que hace esta afirmación en su Bruto.
[8] Buffón se refiere a la elocuencia literaria; es decir, a la elocuencia escrita.
[9] Desarrolla la dimensión “orden”; olvida desarrollar la dimensión “movimiento”. Roche: Orden y estilo son partes del estilo pero no lo completan; Loise: el estilo es la fisonomía del pensamiento; Urbain: el estilo es la manera particular como cada uno expresa sus pensamientos y sus sentimientos mediante el lenguaje. Barón: subordinado a la naturaleza del sujeto y, sobre todo, al temperamento, al corazón, al espíritu, al gusto del escritor, todo forzosamente modificado por la influencia del siglo y del país en que vive el escritor. Blair: No hay que confundir el estilo con la lengua, que es la materia; ni con la sintaxis, que es la forma. Ni con la dicción (naturaleza de las palabras elegidas, estructura y enlace gramaticales). El estilo atiende al pensamiento, a la ocasión en que se expresa, a las propiedades del escritor, al carácter de aquellos a quienes se dirige. En una obra, la dicción puede ser esmerada y correcta y malo el estilo, por impropio o por inexacto. Puede ser bueno el lenguaje y malo el estilo. Y se puede tener muy buen estilo sin escribir muy bien. En el estilo hay algo más que retórica y gramática; hay la marca del obrero (Labbé J. L.) el sello de apropiación por medio del trabajo de algo que hasta ese instante fue siempre indiviso. Bonghi: la vida que se toma el concepto en el que lo concibe.
[10] Fenellon: Cuando orden, precisión, fuerza y vehemencia se reúnen, el discurso es perfecto. Revilla: Decir que un objeto es ordenado, regular, proporcionado y simétrico equivale a decir que es armónico.
[11] La Harpe: al escribir en cortos artículos sueltos y hacer un libro con una colección de pensamientos aislados se ahorra el trabajo de las conexiones, cuyo control es un arte. Cicerón: las piedras bien labradas, ellas mismas se unen sin necesidad de cemento. Jamey: Al desarrollar una idea es necesario evidenciar su conexión con la anterior y con la siguiente para formar la cadena continua que da solidez al discurso. 



lunes, 29 de octubre de 2018

El escritor y el economista: distopías de un "trabajo en equipo"

Conocí al profesor A. porque recibí un mensaje suyo a través de una red social diseñada para facilitar intercambios laborales. Es la única experiencia de trabajo que he desarrollado a partir de ese medio. Le gustó mi servicio sui generis: un sistema de experimentos diseñado para ayudar a que los investigadores incorporen la escritura a la cotidianidad de sus labores.

El profesor A. es un personaje singular. Enseña en una universidad de una ciudad intermedia del país. No tengo idea de cómo llegó ahí, pero sé que no es precisamente por su naturaleza; sin embargo, me han llegado noticias superficiales de cierto aprecio de parte de algunos de sus alumnos. Según entiendo, el hombre es hijo de algún comerciante exitoso; pero, por los avatares de la relación entre Uribe y Chávez, de un día a otro, toda la fortuna familiar se esfumó. Si hay maneras de tenerlo todo un día y al siguiente haberlo perdido, creo que este es un ejemplo de los más brutales: no se necesita una avalancha, un terremoto o una toma guerrillera… Una determinación política puede ser más brutal que la naturaleza misma.

El profesor A. me escribió pidiéndome ayuda. “Necesito escribir un artículo científico y creo que usted podría colaborarme”, fue lo que me comentó cuando decidí responder con una llamada a su mensaje escrito. He ayudado a muchas personas a enfrentar los obstáculos que les impiden llevar a la escritura los conocimientos que desarrollan; he realizado esta función por muchos años. Le propuse que nos encontráramos para precisar lo que él necesitaba.

Nos reunimos en la cafetería de la universidad en la que estudia un doctorado en ciencias sociales. En ese momento aún no había entrado en la etapa en la que se es reconocido como candidato a doctor. Su plan es crear un centro de investigaciones o un instituto en la universidad de la que es profesor. Uno percibe cómo su inconsciente lo mueve a entender ese momento nefasto en el que pasó de ser el hijo de un hombre exitoso a ser el responsable circunstancial de la quiebra de su familia, sin que haya siquiera la posibilidad de narrar nada.

Me conmovió su historia. Sin embargo, la solicitud específica de servicio que me planteó no era acorde en nada con mi modelo de negocio. Resultaba más acorde con la actividad a la que se han dedicado dos personas que conozco: el cliente les paga equis suma y le entregan a cambio una tesis, una monografía, un ensayo para cierta materia o un artículo publicable bajo indicaciones básicas de tema y fuentes a referenciar. Este no es el servicio que a mí me interesa ofrecer. Me gusta más la idea de acompañar al otro en un proceso a través del cual llegue a comprender lo que ni el colegio, ni la universidad le han mostrado: la escritura. Una vez lo logre, podrá aportar su conocimiento con autonomía.

Cuando yo digo escritura pienso en Roland Barthes, pienso en Lacan: pienso en la letra como materia creativa. Diferencio escribir de redactar. En la redacción el lenguaje es un instrumento que la persona usa para un fin externo; por lo general, los cursos que ofrecen los centros de lenguaje se dirigen al problema de la redacción. En la escritura, el conocimiento de quien escribe toma forma y la forma del conocimiento es la finalidad de escribir; que el conocimiento adquiera la forma que le es inherente. En la medida en que la persona toma conciencia de esta diferencia, sus productos escritos van cambiando, se van enriqueciendo, la persona se involucra más con su palabra y los obstáculos que restan eficacia a la relación entre lo que se piensa y lo que se escribe empiezan a ceder, a quedar atrás.

El profesor A., siendo economista –más por la herencia identitaria de “hombre de negocios” que por haber cursado y aprobado los cursos de cierto pregrado– sí que encuentra un sentido instrumental en el lenguaje. Al punto que no siente ningún tipo de necesidad de ser él quien escribe, ni quien lee… Él contrata a los especialistas para que lo hagan; se aprovecha del ego del intelectual, lo estimula, pareciera mostrarse humilde ante el experto intelectual, pero en cualquier momento le suelta a uno la clásica: “yo soy una persona de resultados; yo no me distraigo en pendejadas”.

Le sugerí ponerse en contacto con los conocidos míos que encajan perfectamente con su lógica. Pero no quiso. Insistió en que trabajaría conmigo. Me prometió un lugar significativo en su proyecto de creación de un grupo, de un instituto o de un centro de consultorías: el cielo del negocio de las investigaciones… No me convenció, obviamente. Pero me preocupa mucho lo que representa esta personalidad para la producción de conocimiento en el país.

Por esos mismos días rondaron mi mundo dos situaciones allegadas a esta: un instituto, en el que trabajé antes como corrector de estilo, decidió formalizar una publicación seriada con el fin de sumar puntos ante Colciencias. Me llamaron para que apoyara con la corrección de estilo. El desarrollo del proyecto estaba en manos de una periodista y un bibliotecólogo: expertos en hacer indexar revistas. Gente de negocios, no cabe duda. Yo no estuve de acuerdo con obligar a que los artículos que se publicarían en la revista obedecieran el estilo de las normas APA. Por una razón muy sencilla: el campo de conocimiento en el que se inscribía la publicación era más acorde con otro estilo normativo y el estilo APA generaría restricciones a productos de investigación que serían más importantes para el campo que aquellos que se adecuaran a la normativa APA. Renuncié, yo había soñado esa revista para canalizar conocimientos valiosos; el Instituto solo quería sumar ante Colciencias y APA ha mostrado ser el sistema mejor apreciado en los sistemas de evaluación de productividad académica. Una vez más, en razón de mis valores, me resistí a participar de ese tipo de operación. A mi juicio, entre más exitosa sea esa revista, mayor consideraré su fracaso.

Luego de eso vino el conflicto entre Colciencias y los humanistas. Pensé que mi choque con la revista pasaba de lo anecdótico a lo político. Pocas semanas necesité para entender que ese movimiento social (como es típico en tiempos neoliberales) era regulado para facilitar aún más ese proceso de alienación de la producción de conocimiento. La inconformidad de muchos es solo una oportunidad de mercadeo académico: abre una línea editorial y un mercado para ella. Un motivo publicitario favorable a la puesta en circulación de nuevos doctorados, pero advertidos de que ya no dispondrán de becas para hacerlos. De este modo, producir conocimiento no es algo que te permita vivir; es un privilegio por el que debes pagar.

El profesor A. volvió a insistir. Decidí asumir su caso como un experimento. Esta crónica es el reporte de la investigación sustentada en ese experimento. Esta fue mi propuesta: págueme por tres horas de trabajo a la semana durante ocho semanas; y veremos qué logramos sacar de ahí, pero debemos trabajar en equipo. Me mostró la lista de temas que ha compilado a través de sus materias en el doctorado. De este menú, elegí un motivo allegado a mis intereses académicos. Me contó que de ese campo tenía un artículo en el que había trabajado una persona que le había cobrado un montón de plata y que de nada había servido porque en ninguna parte se lo habían publicado. Le di una mirada y le confirmé que no servía para nada; reorienté el título según mis intereses y lo sometí a su aprobación. Aceptó sin comentarios. Empecé a acopiar información necesaria para mi tema y dar una orientación metodológica. Le sugerí lecturas, para que pudiéramos sostener discusiones formales, lo animé a pensarse parte de un grupo de investigación… Lo suyo, decía, era ocuparse de la institucionalización del grupo… las “actividades directivas”, decía, “usted sabe”…

A las tres o cuatro semanas me di cuenta de que la investigación era mía, de que el artículo era mío, y de que estaba metido en un negocio del tipo al que acostumbran a dedicarse los allegados aquellos. ¿Podía devolverle el dinero, acudiendo al argumento de que no estaba cumpliendo con lo pactado? Claro; posiblemente ese sería el camino más adecuado. No obstante, mi experimento empezaba a dar resultados interesantes. El proceder y la mentalidad del profesor A. no son cosa inusual. Muchos directores de investigación se limitan a hacer lo que el profesor A. llama “actividades directivas”. Seguí adelante, como quien apuesta sin pensar en si ganará o no la partida.

Tomada la decisión, surgieron dos vetas de valor que sí que justificaban avanzar: primero, el desarrollo del proyecto me llevaba a aprender sobre temas importantes para mi profesión y mis intereses académicos y políticos; y segundo, sin la tal “actividad directiva” los resultados de mi investigación quedarían relegados a la gaveta. Porque no es una investigación prioritaria en mi proyecto personal, ni siquiera ameritaría crear un blog para ella. Una nueva variable de análisis se abrió en mi experimento. Eso que el profesor A. llama actividad directiva, en realidad es secretarial, burocrática. Me da pereza dedicar mi tiempo a eso.

Seguí adelante con la investigación; pero el modo de proceder debió ser reelaborado. Mi idea de las tres horas semanales de asesoría en el proceso de escritura que debía emprender el profesor A., candidato a doctor, futuro director de un prestigioso centro de investigaciones quedó reducida a cero. Mientras que, bajo la mentalidad empresarial del profesor A., quien enseña que los directores son personas de resultados, y no escritores románticos, yo me había convertido en un proveedor incumplido, porque pasados dos meses (24 horas de trabajo) no le había entregado el producto prometido: un artículo publicable. Algo que yo nunca prometí, pero que él interpretó a su antojo, diez semanas después de haber realizado nuestro pacto verbal.

Me tomó tiempo entender. Me di a la tarea de realizar un artículo sobre un tema auxiliar para mí, pero necesario, útil. Me tomó un año más realizar esta investigación que realicé por hobbie. Una versión extensa del artículo quedó terminada a los diez meses, de los cuales dediqué buena parte de mi tiempo libre. El profesor A. quería persuadirme de mil maneras de que le entregara ¡ya! el artículo, pero no estaba dispuesto a contratar mi servicio de investigador. Su argumento era que yo le había incumplido y que él me había pagado. Aun hoy día afirma que él “sí tiene palabra”. Yo no le respondo que si algo de palabra tiene no será palara escrita, ni tampoco leída.

Pensé que, como parte de sus actividades directivas, él contaba con una lista de profesionales de la traducción. Me presentó a un joven que se dedica a traducir facturas y pequeños documentos de géneros mercantiles. Era evidente que el profesor A. no dispone de criterios para diferenciar el texto que resulta de una investigación, de otro mediante el que una persona identifica los pasos a seguir para armar un escritorio modular. Rápidamente me puse en contacto con una traductora adecuada al asunto. Le advertí que para que el texto tuviera un buen acabado necesitábamos de un corrector de estilo adecuado. Le mandó el texto a una bibliotecóloga cuyas opiniones lamentablemente no aportaron nada al texto; claramente su lectura no estaba enfocada en las necesidades de corrección de estilo que el texto tenía. Uno como autor presiente la necesidad del corrector de estilo, pero yo, que me he dedicado a la corrección de estilo por décadas, sé que jamás el autor podrá hacerse corrección de estilo a sí mismo. Busqué el corrector adecuado…

En diálogo con el corrector, finalmente identifiqué posibilidades de optimizar el artículo: temas de más, frases confusas, etcétera. Lo habitual.

Terminado el texto, el profesor A. consideró conveniente discutir el orden de aparición de los autores. A mí todavía me da curiosidad… ¿cómo es que una persona atraviesa la academia entera con una mirada como esa? Pero lo que más me inquieta es que me queda la sensación de que la estructura académica general del país está diseñada para que este tipo de dinámica sea corriente. Desde luego que las cuatro o cinco más grandes universidades del país no permitirán que su prestigio corra estos riesgos; pero las grandes no pueden prescindir de esta importante fuente de recursos financieros.

Finalmente, en la publicación, ocupo el lugar de investigador principal; como es lo menos injusto. Yo debería ser el único investigador y él, un generoso promotor financiero de la investigación (alguien que colaboró con poco menos del 10% de los costos efectivos que tomó hacerla). Me viene en gracia la idea de autoría que el profesor A. tiene en mente; y me resulta demasiado allegada a la distribución de roles que caracteriza una enorme mayoría de los trabajos en grupo que se desarrollan en todos los niveles de estudio universitario, a manera de “estrategia pedagógica”.

Problemas generales del mercadeo de la corrección de estilo

La denominación “corrector de estilo” es de por sí problemática. Muy rara vez he dado con personas que conozcan en rigor la función del corrector de estilo. Los casos que conozco personalmente los cuento con los dedos de una mano; esta situación tiene causas. Decidí escribir este artículo para empezar a pensar la problemática general del oficio.

Hace casi 20 años recibí por primera vez el encargo de corregir estilo a un libro de investigación. Se trató de un proyecto editorial realizado por una fundación de antropólogos. Los autores, conscientes de la importancia estratégica que tiene la corrección de estilo en la realización de cualquier proyecto de producción de sentido, formaron un equipo de tres correctores: una estudiante de Literatura de la Universidad de los Andes, un estudiante de Literatura de la Universidad Nacional y un estudiante de Matemáticas, también de los Andes.

Siempre que alguien me pide rebaja, extraño tanto a esta pareja de investigadores ejemplares. La experiencia con ellos fue determinante en mi concepción del oficio. Las tres personas leíamos el texto y sugeríamos intervenciones conforme los criterios que en ese momento empezábamos a establecer. Los investigadores tomaban nota, no rechazaban ningún comentario, por el contrario preguntaban más y más hasta lograr conectar con las razones que uno tenía para considerar pertinente la sugerencia. Esta labor la hacíamos en reuniones de trabajo que podían durar tantas horas como fuera necesario. Si se requería, se pedían domicilios para seguir trabajando sin tregua. Tuvimos reuniones como esta tres veces, luego de haber leído el libro completo cada vez y llegar con un ensayo descriptivo del texto, una lista de debilidades identificadas y la respectiva lista de sugerencias. 

Como dije, lo que aprendí entonces sigue presente en la manera como afronto el servicio. Una cosa me resulta increíble: hoy, 20 años más tarde, me pagan exactamente lo mismo que me pagaban entonces, aunque mis competencias se han enriquecido en gran medida; esto indica que el trabajo como tal ha tenido que simplificarse y en cierto sentido degradarse. Difícilmente alguien entiende la objetividad que le aporta a la corrección de estilo que ésta sea realizada por un equipo; difícilmente el cliente comprenderá que para identificar el estilo del autor, en medio de la joya en bruto, hay que leer el texto un par de veces sin sucumbir a la tentación de intervenirlo antes de tener sobre él un dominio global. Por esta razón me impresiona el dato de lo que se paga en las grandes editoriales; y no puedo creer que haya gente que haga la corrección de estilo a esos precios. En el fondo, están pagando para que los dejen trabajar, en lugar de cobrar lo que por su trabajo merecen. Pero también eso me hace entender por qué hoy lo que se produce presenta debilidades tan serias a todo nivel.

Evidentemente, la comprensión del oficio se ha perdido; el protocolo de realización se desconoce. ¿Qué ha ocurrido para llegar a tan lamentable situación? Estoy seguro de que hay proyectos editoriales que mantienen los protocolos clásicos; pero este nivel es el de los circuitos más selectos de la producción de sentido. Lo que nos lleva a entender que lo que llamamos corrección de estilo es en realidad un vasto espectro de servicios diversos. Es un hecho: la denominación “corrector de estilo” puede interpretarse de demasiadas maneras. Recientemente se ha propuesto una nueva denominación: “asesor lingüístico”. Esta solución es parcial, funciona en un sentido pero en otro solo es la evidencia que hacía falta para concretar la problemática del “corrector de estilo”. Sin embargo, si se piensa bien, puede suceder que un texto que ha necesitado el apoyo de un asesor lingüístico necesite también del corrector de estilo.

El problema es, pues, si no de jerarquías, de tensiones relativas a la división política de los conocimientos. Existen algunos correctores, especialmente los que se han formado en carreras como Lingüística y Filología, que abiertamente quieren diferenciarse de los correctores de estilo, porque lo que hacen es optimizar en términos de la Lingüística los textos sobre los cuales trabajan. Ya el profesional en Comunicación Social queda al margen de esta solución; porque aun cuando su principal material de trabajo es la escritura (aunque compita con la imagen visual, la función de la escritura en la producción de sentido es insustituible) difícilmente en el repertorio de materias que ha tomado en su etapa de formación tendrá un fuerte componente de lo que para el lingüista y el filólogo ha sido el componente principal. El cuarto ámbito profesional que forma personas que logran un desempeño destacado en la corrección de estilo es el de los profesionales en Estudios Literarios.

Estas cuatro matrices generadoras de posibles correctores de estilo permiten suponer clases específicas de servicio; y permiten también hacer conciencia sobre una debilidad fundamental: en ninguna de estas carreras se tiene vínculo alguno con la escritura de las Matemáticas. Tampoco quiero decir que solo alguien que estudia una de estas carreras puede ser corrector de estilo; la relación de los filósofos, los politólogos, los juristas con el lenguaje es muchas veces tan intensa como la de los poetas y no dudo de que un poeta (dando a esta palabra todo su peso), aunque jamás haya pisado una escuela, podría ser un corrector de estilo destacado; así lo ha probado la historia. Pero no escribo aquí sobre las personalidades geniales.

Vamos por partes. Los problemas derivados de la total ausencia de cursos de Matemáticas en las mallas curriculares que atraviesan los lingüistas, los filólogos, los comunicadores o los profesionales en estudios literarios son de gran escala; son una razón para pensar. En general, los textos que producen los profesionales que de una u otra manera incorporan marcas propias del régimen escritural de las Matemáticas constituyen universos para los cuales no hay más corrector de estilo posible que un colega. Pero el colega no tiene el dominio de la escritura verbal que tiene el corrector de estilo. De allí surgen el ingeniero, el economista (que también es un ingeniero) o el administrador de empresas que creen que lo que tiene que hacer el corrector de estilo es ocuparse de “las tildes, los puntos, las comas y uno que otro detallito de la ortografía”; ese que cree que el servicio se puede negociar del mismo modo que una maquila de instalación de broches en la industria textil. Por esta razón es también casi imposible que un matemático dé su texto a un corrector de estilo. No sabe que aun cuando su sintaxis sea pensada con un rigor casi absoluto, existen posibilidades estilísticas que, de aprovecharse, ampliarían el radio de recepción de sus productos; pero es difícil que esa posibilidad se concrete mediante la corrección de estilo de alguien que no esté capacitado para abordar la episteme de la axiomática, los avatares del álgebra y la intimidad del diálogo entre el lenguaje gráfico y el lenguaje simbólico que, en ese contexto, se registra mediante lenguaje verbal. La visualización de la información, la analítica de datos y el discurso general de la Estadística son campos en los que la corrección de estilo se requiere y para los que el corrector de estilo requiere instrucción.

En cuanto a las cuatro matrices generadoras de posibles correctores de estilo es oportuno señalar sus diferencias radicales y sus pliegues compartidos. Por ejemplo, un lingüista tiene todo el poder para que la composición gramatical del texto, en términos tanto de morfología como de sintaxis, quede impecable. Si además tiene formación en sociolingüística es posible que asesore muy bien al autor o al encargado de la realización del proyecto para que el texto resulte rigurosamente adecuado a las características específicas de su lector ideal. Si es filólogo, el vínculo con el oficio tendrá un trabajo muy serio en términos de precisión discursiva; ya que el filólogo conoce bien la memoria de la que las palabras son portadoras. Esta habilidad casi mágica, tiene, eso sí sus restricciones relativas a la segunda lengua en la que haya elegido hacer su énfasis. El comunicador social se caracteriza porque logra adecuar el texto a la situación comunicativa, logra analizar bien los factores discursivos que dan sentido al texto; pero su repertorio de servicios es tan extenso que difícilmente se dedicaría a la corrección de estilo; y su limitado dominio de la Lingüística podría llevarlo a sacrificar la precisión verbal en aras de lograr textos fáciles de leer.

La relación profesional con la corrección de estilo que me es más familiar es la del profesional en estudios literarios, porque es mi caso. La noción de “estilo”, es determinante en esa interpretación específica de la denominación. A ella tienden el análisis lingüístico, el análisis filológico y el análisis comunicativo que uno hace del texto mientras realiza la actividad. Los ingenieros, los publicistas, los diseñadores gráficos… no tienen la más mínima idea de lo agresiva que resulta la solicitud de revisar tildes, puntos y comas. “Usted necesita un bachiller del programa ser pilo paga”, hay que decirles. El estilo no es un tema de ortografía… “¿Cómo te defino el «estilo»?” piensa uno. El ingeniero, bien consciente de las diferencias salariales, se adelanta y acude a una metáfora: “¡como quien va donde la estilista!; que le arregle las uñas, que le corte las puntas del cabello, que le delinee las patillas y las cejas…” Es interesante la propuesta, y si además uno piensa en los maquilladores de Hollywood, uno dice “bueno, casi, casi…” pero sabe uno que la idea no es pelear con el cliente. Sabe uno que la idea es educarlo, entonces le dice: “pero hay algunas diferencias que llevan a imprecisión a la metáfora”. Si la cuenta del caso se sostiene, uno puede intentar explicar el estilo mediante la realización misma de la actividad. Puede uno, por esa vía, llegar a hablar de precisión poética, de efecto psicológico, de nivel de persuasión, de consistencia argumentativa, de elegancia de la demostración… Poco a poco el cliente va entendiendo lo que es el estilo. Nunca, eso sí, nunca entenderá que la palabra “corrección” no tiene que ver con lo que en la escuela se llamaba corregir, o lo que hacen la mamá o el papá cuando el hijo comete un error. Por eso es casi imposible que entiendan que la corrección de estilo no se hace para “eliminar los errores”, sino para aprovechar todas las oportunidades que el texto ofrece para llegar a ser altamente eficaz; sin que se llegue así a su perfección. Porque, esto ya deberíamos saberlo todos: la perfección es cosa de Dios. El ingeniero al que me refiero no son todos, pero sí la versión más estándar. 

Aún queda mucho por decir; es más: aún queda todo por decir. Pero creo que con lo escrito hasta aquí hay una discusión propuesta. 

Para cerrar la historia: la experiencia de hace veinte años me hizo entender que, si se quiere asesorar a cualquier persona a escribir lo que necesite escribir, es preciso tener cierto dominio del comportamiento de la escritura en el terreno de las Matemáticas. No basta estudiar las orientaciones que al respecto ofrece la Real Academia de la Lengua tanto en su Gramática como en su Ortografía; muchas de esas orientaciones carecen del sustento operativo que las justifica en términos de estilo. La experiencia también me permitió saber que la idea de estilo que se desarrolla en la carrera de Literatura de la Universidad de los Andes es diferente a la que se desarrolla en la misma carrera en la Universidad Nacional, y son claras las diferencias: en los Andes hay talleres que permiten que los estudiantes se acerquen al dominio de la escritura creativa, mientras que la Nacional tiene una relación más teórica con las marcas estilísticas de los textos. Los profesionales en estudios literarios que he conocido de la Javeriana me parece que tienen una formación más allegada al mercado editorial y a la observación crítica de los textos. Así, también de ahí se pueden derivar especificidades para las múltiples interpretaciones que puede tomar el oficio. A veces he dado con bibliotecólogos que también ofrecen la corrección de estilo, pero esta variación casi siempre me ha parecido arriesgada. En cambio los psicólogos que me he topado en el camino son interesantes: más aun los que han optado por el Psicoanálisis; los que llegan al tema de la escritura por el sendero de la Pedagogía o de la Psicología Cognitiva, suelen resultar demasiado apegados a la idea de lo que está bien y lo que está mal, es decir: de la sumisión a la norma. Esta rigidez de psicólogos, a la larga, destruye el estilo del autor; siendo que de lo que se trata es de acompañarlo en el camino hacia la consolidación de su estilo, de su imagen verbal, de su marca de autor; o de la marca, cuando se trata de una empresa.